Cierta mañana del pasado verano me desperté con un incómodo dolor: un muelle del colchón de mi cama se soltó y acabó clavándose en mi pobre espalda. ¿Qué solución de emergencia adopté? Pues la más sencilla de todas: darle la vuelta.
Y así se mantuvo operativo durante seis meses... hasta el día en que otro envidioso muelle decidió romper hacia la superficie encontrándose nuevamente (a modo de fin de trayecto) con mi espina dorsal.
Según los expertos en la materia, se recomienda cambiar de colchón (aproximadamente) cada diez años... y el mío llevaba soportándome (sin apenas tregua) durante veinte. En dos palabras: ya tocaba.
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En la víspera de recibir el nuevo colchón, durante mi última noche de "incomodidad" (no fue tanta, logré adoptar una buena postura esquivando la punta del iceberg), en vez de contar ovejitas concilié el sueño recapitulando (de memoria) experiencias acaecidas sobre tan añeja superficie.
Teniendo en cuenta que la primera vez que dormí sobre él era un crío (y virgen), pues mis primeros recuerdos tienen más que ver con los libros que leía (hasta caer rendido) o los programas de radio que escuchaba (a escondidas) después de apagar la luz de la mesita de noche.
Una vez perdida la inocencia, los recuerdos se envilecen y mezclan sin orden ni concierto: Masturbarme fantaseando con un sexo idealizado e inalcanzable... Los sucios efectos secundarios de las primeras (y últimas) borracheras... Noches en vela por culpa del insomnio galopante que padecí durante varios años... La primera chica que metí en mi cuarto con perversas intenciones, que tras echar un vistazo a su alrededor se sentó en la cama y al poco rato salió por patas... Saborear de madrugada entre las sábanas mis últimas adquisiciones musicales en el walkman/discman/Mp4... Las benditas noches "en calma" previas a la existencia de los teléfonos móviles... Desvelos pensando en chicas que no me hacían ni puñetero caso... Las gripes, faringitis y demás fiebres... La primera chica con la que sí llegué a acostarme en mi propia cama, y lo que me costó convencerla... Masturbarme recreando mentalmente lo mucho o poco que conseguía sacar del sexo opuesto... Imaginar un futuro que nunca se materializa... Lágrimas desconsoladas tras perder (física o sentimentalmente) a algunos seres queridos... Conversaciones de diversa índole (cariñosas, dramáticas, etílicas, eróticas) desde el móvil, tapado hasta las cejas... Preguntarme dónde se habrá metido mi particular Carmen Sandiego...
Los celos que un par de veces, de chaval, me impedían pegar ojo... Un par de escalofriantes episodios de parálisis del sueño... Todas las chicas (especialmente un par de ellas) con las que hubiera querido compartirlo pero jamás pude hacerlo... Los mensajes de madrugada, sus respuestas... Los gemidos, sonrisas, lágrimas y carcajadas de algunas chicas que se tumbaron a mi lado... Todos los cigarrillos, las bebidas, los condones, la mantita a cuadros que una vez me regalaron, cada uno de los pijamas y todo el sexo practicado...
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Al día siguiente trajeron el nuevo (uno mucho más alto y recio), llamé al servicio del ayuntamiento para que vinieran a recoger el viejo y lo bajé hasta el descansillo del portal.
Antes de abandonarlo pasé mis manos sobre él, dedicándole un último gesto cariñoso. "Eres la esponja que noche tras noche ha absorbido mi buena y mala energía durante más de la mitad de mi vida... -susurré a su "oído"- No sé si te repararán y acabará usándote alguien que lo necesite... espero que en ese caso dejes dormir tranquilo al pobre destinatario y no te dé por hablar... me guardarás todos los secretos, ¿verdad?"
Hace poco acompañé a mis padres a un centro comercial para participar en la decisión final sobre ciertas compras. Mi madre nos guió con paso firme a través de los pasillos hasta llegar al rincón donde aguardaba el enorme artículo que ella previamente había marcado en el catálogo con una "X", señaló la presa, nos miró... mi padre y yo asentimos con la cabeza... ¡y para casa!
Pero antes había que pasar por la sección de "Atención al Cliente" para solicitar que (debido al gran tamaño de la pieza) los empleados del lugar se ocuparan de transportarlo a casa.
Yo caminaba distraído detrás de mis padres, pensando en mis cosas en un segundo plano... eso sí, cuando llegamos al mostrador y descubrí el rostro de quien nos iba a atender, hubiera deseado estar en un (como mínimo) vigésimo séptimo plano. Uniformada con el pantalón y polo oficiales del establecimiento estaba Silvia.
Hace unos cuantos años me dejaron sólo en casa durante las vacaciones de Semana Santa y tras una descontrolada fiesta (donde conocí a Silvia) que tuvo lugar aquel sagrado jueves en un pub irlandés del barrio, acabé convenciéndola para que me acompañara a casa.
Durante los siguientes días en que todavía dispuse a mi antojo del Castillo, las visitas de Silvia fueron tan numerosas como constantes... más allá del sexo no teníamos demasiado (por no decir nada) en común así que la relación no sobrevivió al regreso de mi familia. Coincidiendo precisamente con la clausura de las jornadas de puertas abiertas en mi cuarto, nuestra historia (sin malos rollos) tocó a su fin.
¿O no fue así?
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La cara de odio que puso Silvia nada más verme parecía indicar otra cosa. Quizás su mueca esté justificada... a lo mejor corté el contacto así, por las buenas, sin dar explicaciones... puede que no diera la cara durante algún tiempo dejando pasar las semanas, escurriendo el bulto sin dar señales de vida... es posible que a pesar de los años transcurridos desde aquello ella siguiera cabreada...
Permanecí en el segundo (retrocediendo sigilosamente hacia el tercer) plano, observando como mi madre entablaba conversación con Silvia, resonando en mi cabeza el tic-tac de una bomba que en cualquier momento (si la chica del pantalón y polo a juego quisiera) podría estallar...
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Mi madre empezó a explicarle el asunto de los portes y Silvia procedió a tomar nota: sacó la ficha de rigor y mirándome (de vez en cuando) de refilón empezó a preguntar por los datos requeridos... cuando le llegó el turno de solicitar la dirección apretó los dientes y golpeó nerviosa la mesita con el bolígrafo.
La santa que me parió, para más inri, no se limitó a soltar el nombre de la calle, portal y piso... ¡no!... dedicó un par de interminables minutos a describir el lugar concreto donde se sitúa la puerta del edificio, que hay que cruzar las jardineras del patio, que la cuarta puerta no es, que es la quinta, que está muy mal señalizado... y Silvia asintiendo "ajá", "ya", "sí sí, entiendo" tras cada una de las explicaciones mientras revivía involuntariamente el montón de veces que cruzó aquel patio y tocó ese puto timbre...
"El código postal es el 2, ¿verdad? -preguntó a la vez que afirmaba- ...¿y un número de teléfono me puede dejar por si acaso surge un imprevisto?" En lo que mi madre recitaba los números del fijo de casa me pregunté si Silvia aún los conservaría anotados en alguna vieja agenda, al fondo de un cajón...
"Dentro de dos días, a partir de las once de la mañana lo recibirán en su casa -sonrió dirigiéndose a ese matrimonio en cuya cama folló tiempo atrás- en caso de imprevisto les avisaríamos... ¡que pasen un buen día!", acabó la frase y metió la ficha en una carpeta dedicándome una última mirada rebosante de desprecio.
Mi respuesta (igualmente muda) fue la de encoger los hombros antes de girarme y enfilar la salida junto a mis padres, una especie de disculpa tardía... o el adiós que años atrás no tuve cojones de pronunciar.
(Para A.C.O. A quien tal día como hoy hace cuatro años llevaron de compras, comió hamburguesas... ¡y también unos Nuggets!)
"SAN VALENTÍN... A MI PESAR"
Hace años solía salir de vez en cuando con Celia. Durante aquel tiempo nos liamos varias veces pero nuestra relación (a pesar de todo) fue básicamente de amistad y camaradería.
Aún recuerdo que ella cumplía años el once de Febrero... y no he olvidado cómo, cierta ocasión por esa misma fecha, decidí regalarle un libro: "Olvidado Rey Gudú". Sin embargo aquel año concreto ella parecía estar bastante afectada ante la idea de cumplir (la para ella "dramática" cifra de veinticinco) años así que pensé en adornar la cuestión con un poco de humor.
Fui a un bazar chino y pillé unas cuantas baratijas, las envolví individualmente con el mismo papel de regalo que usé para el libro y todo ello fue a parar a una bolsa grande... veinticinco paquetitos en total que le iría obligando a abrir uno por uno siguiendo cierto estricto orden (de menos a más) en cuanto a su importancia y utilidad.
Por desgracia en la fecha del cumple ella estaba enferma y no pudo quedar para recibir el lote. Dos días después me llamó diciendo que ya estaba recuperada, pero esa tarde yo ya había hecho otros planes, así que finalmente quedamos en vernos al día siguiente.
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Unas pocas horas antes de la cita con Celia me encontraba en un bar tomando café con unos compañeros de trabajo cuando empecé a notar varios murmullos y miraditas en las mesas cercanas... todo ello dirigido (con escaso disimulo) a una joven pareja que ocupaba el rincón más apartado del local.
En un momento dado el chico sacó una bolsa que contenía una caja de bombones con forma de corazón, una enorme rosa roja y una aparatosa tarjeta quizás con algún poema manuscrito en su interior... su acompañante se enterneció durante la entrega y acto seguido comenzaron a besarse como dos tortolitos.
"Míralos -comentó una de mis compañeras- pedazo de cursilada... prefiero que me trague la tierra antes de que me hagan pasar por eso... ufff, además así, en un lugar público..." "Ya te digo -asintió otra, también soltera y extrañamente cabreada- no sabes la pena que me dan... y los bombones son de esos negros que tienen licor, ¡qué asco por Dios!"
En la mesa situada a nuestra izquierda un par de chicos no se quedaban cortos despellejando a los protagonistas de la romántica escena: lo más suave que dijeron de él fue "grandísimo capullo"... y sobre ella que esa noche, después de tantos regalitos y mariconadas varias, lo mínimo que tocaba sería bajarse las bragas hasta los tobillos...
Hasta ese preciso instante no había caído en la cuenta de que estábamos en San Valentín... y yo con una bolsa enorme esperando en casa, con veinticinco detallitos que daría a una chica poco después, en otro bar...
"¿Te pasa algo Rific?", me preguntó una de las compañeras al verme palidecer y asomar un ligero sudor frío por mi despejada frente... "No, nada -contesté apagando mi cigarrillo en el cenicero- es que yo también tengo bastante manía a esta fecha... ¿Tenéis alguna un chicle? O un caramelo, también me vale..."
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Moví ficha. En busca de la máxima clandestinidad posible mandé un mensaje a Celia emplazándola en el bar más extraño, oscuro y desierto de su barrio... un lugar en el que (presuntamente) a la hora de la cita los únicos presentes serían (como mucho) el camarero y algún jubilado entretenido con la tragaperras.
Pero no, mala suerte... cuando entramos en el local resultó que esa tarde/noche celebraban una competición de dardos y había bastante gente. Propuse ir a otro sitio pero ella no quiso dar más vueltas con el frío que hacía, "aquí mismo, para tomar una caña da igual", sentenció quitándose el abrigo y sentándose en la mesa más centrada y visible del bar.
Todavía no había sacado nada de mi bolsa y los "dardistas" ya nos miraban intrigados, como sabedores de haber conseguido tickets de primera fila para un espectáculo tan incierto como prometedor...
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A Celia le estaba haciendo bastante gracia eso de abrir minipaquetitos tontos (una piruleta, una baraja de cartas de la Familia Esquimal, una bolsita de Conguitos, unos Sudokus, etc), uno tras otro...
Por desgracia no era la única en estar entretenida con la puesta en escena: ...a los chicos del campeonato de dardos también les estaba amenizando la partida, cuchicheaban descaradamente entre ellos, señalaban sin miramientos cada uno de los obsequios, se descojonaban...
Tras el último regalo Celia me preguntó (se me debía notar demasiado) si había algo que me incomodaba... le conté que detrás de ella estaban alineados al completo un par de equipos de lanzadores de dardos, mirándonos fijamente, malinterpretando lo que estaba sucediendo en nuestra mesa...
Ella se giró y después me miró llevándose la mano a la boca: "¿tú crees que piensan que... tú y yo...?"
"Me temo que incluso han hecho una porra para ver cuánto tardabas en desenvolver un anillo de compromiso... -comenté, señalando a su espalda- el chico engominado del polo a rayas... ¡no mires! Ese, creo que es el encargado de anotar las apuestas en una servilleta de Mahou..."
Celia se rió, "¿Sabes? ¡Que les den morcilla!", dijo en lo que se acercó para plantarme un beso en los morros... a continuación se levantó y fue al servicio.
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Durante su ausencia, uno de los Guillermo Tell del bar lanzó el dardo con tan mala fortuna que chocó en el borde del tablero, rebotó en el extintor de incendios y salió despedido hasta acabar cayendo a mis pies, bajo la mesa.
Me agaché, lo recogí del suelo... juro que pensé en devolvérselo y de paso decirles que "aquello no era lo que parecía", pero entonces vi acercarse a mi mesa al torpe lanzador, riéndose burlón mientras me miraba, girándose hacia los colegas rememorando con un guiño cualquiera de los maliciosos chascarrillos anteriores... "grandísimo capullo", les imaginé diciendo... "las bragas hasta los tobillos, ¡qué menos!", supuse...
Bajo la mesa, partí el dardo en dos... y cuando Robin Hood extendió la mano para que se lo diera me limité a dejar caer los pedazos sobre ella. "Lo tiras demasiado fuerte -dije- se ve que te lo has cargado..."
Si tuviera que escoger una sola palabra del diccionario para describir a Mariana, dicho adjetivo sería: "lánguida".
No hablaba demasiado (abusaba de los monosílabos), se mostraba impasible ante mis frases y proposiciones (encoger los hombros era el gesto estrella de su lenguaje corporal) y cuando (¡milagro!) se soltaba y decía algo, lo hacía sin transmitir apenas interés o alegría.
La noche que salió conmigo se fumó (los conté) cuatro canutos bien cargados, así que al principio pensé que en vez de lánguida, simplemente estaría fumada... pero no, me dio a probar un par de caladas y el efecto que aquella mierda produjo en mí (lejos de aplatanarme) fue tan eufórico como hilarante.... ¡Ella era así! Así que sin la influencia de las drogas imagino que su compañía no se diferenciaría demasiado de la de una maceta o un ejemplar de la Guía Telefónica.
En un desliz me confesó que le volvía loca que acariciasen su pelo por detrás de la cabeza, agarrando desde la nuca... ...no sé si sería una indirecta, el caso es que (a pesar del denso humo que cegaba mis ojos) no dejé pasar la oportunidad y procedí a darle gusto con la citada maniobra.
Ella puso cara de extasiada y aproveché para besarla. Mariana recibió bien mi acercamiento y en los dos siguientes bares tuvo el detalle de dedicar más tiempo a enrollarse conmigo que al trasiego de drogas blandas...
A la salida del último local me invitó a acompañarla a casa. "Te quedarás a dormir, ¿verdad?", dijo, batiendo su propia marca personal de palabras seguidas aquella noche... "Claro -contesté- siempre que me prometas que mañana mismo ingresarás en la Clínica Betty Ford..."
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Ya en su casa, mientras mi anfitriona sacaba una botella de chupito de melocotón y dos vasos, observé un libro que cogía polvo encima de una mesita del salón... estiré el brazo y leí el título en voz baja: "CÓMO HACER BIEN EL AMOR A UN HOMBRE"... a continuación la sinopsis de la contraportada: "Se dice que, por instinto, la mujer conoce desde siempre los secretos del arte de amar. En este libro es precisamente una mujer quien pone ese instinto al servicio de una exposición lúcida y coherente de los recursos de su sexo para sacarle el mejor partido a su relación con los representantes del otro.. En efecto, mucho se ha escrito sobre técnicas sexuales aplicadas a la mujer, supuestamente receptora pasiva de ellas. Pero Régine Dumay opina que las mujeres también tienen algo que decir sobre cómo hacer el amor a un hombre.. Sin falsos pudores, con toda la claridad que el tema requiere, una mujer explica por primera vez a otras mujeres lo que siempre han deseado saber sin atreverse a preguntarlo..."
Mariana se echó a mi lado, puso las piernas sobre mi regazo y me pasó un vaso de chupito rebosante de un licor dulzón, transparente y pegajoso... "Veo que estás estudiando...", digo señalando al libro, sonriendo... ella me da con el pie en el muslo y se lleva las manos a la cara: "qué vergüenza -susurra, arrastrando las palabras- ese libro me lo regalaron mis antiguos compañeros de piso..."
"¿Y eso? -pregunté- ¿Acaso te liaste con alguno de ellos y quedó insatisfecho?" "Jaja, nooo -otra patada- pero como nunca me subía chicos al piso se tiraron el curso entero vacilándome que no veas... no hacían más que quedarse conmigo y a raíz de una de esas coñas acabaron regalándome el librito... muy majos ellos..."
Abrí el libro por una página cualquiera y leí en voz alta el título del capítulo en cuestión... "¿Esto qué tal se te da?", pregunté... No me contestó, pero se incorporó y me montó a horcajadas en el sofá... tras arrebatarme el libro de las manos se quitó la camiseta y (aproximadamente) diez minutos después estábamos haciéndolo en la cama de su cuarto.
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Mariana resultó ser tan lánguida vestida como desnuda... sus únicos movimientos en la cama consistieron en cerrar los ojos con fuerza, apretar los dientes, clavarme las uñas en el trasero y poner cara rara mientras se esforzaba en mantener a raya sus propios gemidos... No hubo manera de sacarla de ahí.
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A la mañana siguiente ni siquiera me quedé a desayunar, ella remoloneaba en la cama mientras yo me vestía en la penumbra de su cuarto. No es que yo esperara gran cosa de mi noche con Mariana, por su manera de ser nada indicaba que fuese un volcán en la cama pero... tampoco imaginé que acabaría siendo algo parecido a acostarse con un cadáver.
"Es curioso -dijo, girándose hacia mi- yo nunca antes lo había hecho tres veces en una misma noche..." No sé por qué, pero me lo creí.
Me despedí con un beso. Antes de salir del piso me detuve un instante en el salón, recogí del suelo el ejemplar de "Cómo hacer bien el amor a un hombre", lo llevé al cuarto de baño y lo puse en el lugar más visible del revistero...
Mi niñez transcurrió durante los años ochenta. Por aquel entonces, durante las vacaciones, en los cines reestrenaban (entre otras) clásicos de Disney... así que tuve la oportunidad de ver en pantalla grande películas como: "El Libro de la Selva", "La Cenicienta", "Robin Hood", "Tod y Toby", "La Bella Durmiente", "101 Dálmatas", "Los Aristogatos", "La Dama y el Vagabundo", "Dumbo", "Peter Pan", etc...
En la siguiente década arrancó mi adolescencia: dejé de ver "cine infantil", me salieron algunos granitos en la cara, el afluente del rock desembocó en mi torrente sanguíneo... y comencé a ser habitual de la Filmoteca.
-Dicho de otra manera: de la producción de cine animado de Disney de los Noventa, los Aladines, Hércules, Tarzanes, Bellas y Bestias, Jorobados, Pocahontas, etc... no vi ninguna-
Precisamente fue en la Filmoteca donde conocí (hace un par de años) a una joven cinéfila con la que salí varias veces y (en al menos tres noches, que yo recuerde) llegué a mantener relaciones "íntimas".
Hace poco coincidimos de nuevo y quedamos en salir un día... al cine, por supuesto. Me propuso una apuesta tontorrona (que ahora no viene al caso reproducir) y quien resultara ganador de la misma elegiría la película.
De haber ganado tenía pensado que fuéramos a ver "The Artist", en memoria de aquella tarde en la Filmoteca en que nos miramos emocionados al encenderse las luces de la sala, casi con lágrimas en los ojos después de la escena final de otro film mudo: "Tiempos Modernos".
Pero perdí la apuesta...
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Fuimos a un complejo de varias salas situado en un centro comercial, de camino me dijo que no desvelaría el título de la película ganadora hasta que llegásemos al mostrador de la taquilla y sacáramos las entradas...
Tras echar un vistazo a la cartelera y ver que en esos cines no proyectaban la que yo quería ver, crucé los dedos para que la seleccionada fuera una de entre la siguiente terna: "Los Descendientes", "Drive"... o la versión yanqui de la primera entrega de "Millenium".
Pero ninguna de ellas fue elegida, mi amiga se acercó a la taquillera y sus palabras me dejaron de piedra: "dos para la siguiente sesión de "El Rey León" en 3-D..."
Se volvió y me miró con gesto travieso, sacando un poco la lengua: "¿Qué pasa? Es genial... mi película favorita de Disney... me la sé de memoria y seguro que tú también, pero me hace ilusión verla en pantalla grande... ¡y además en 3-D!"
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Dentro de la sala sólo había niños muy pequeños acompañados de sus padres o abuelos... ella se rió de la situación y comentó que en caso de que alguien preguntase, seríamos "tío y sobrina".
Las luces se apagaron y nos pusimos las gafas... salió la tradicional cabecera del castillo Disney. "Debo confesarte una cosa", dije... "¿El qué?", me miró, con aspecto de azafata del "Un, Dos, Tres" "Pues que yo no he visto nunca "El Rey León", esta será mi primera vez...", sonreí, tridimensionalmente. "¿Pero qué me dices? ¿Que nunca la has visto???? Rific, ¡tú no has tenido infancia!", me soltó escandalizada... "Oye, oye... -contesté- te recuerdo que cuando esta película se estrenó en España yo estaba a punto de cumplir diecisiete castañas..."
Se llevó la mano a la boca (ella nació en 1990) y puso ojos de cordera... "¡Es verdad! -susurró- no me había dado cuenta..."
Saqué un tubo pequeño de Lacasitos, lo descorché, agarré su mano y le eché unos pocos... después me acerqué a su oído y susurré: "Hakuna Matata..."
El fin de semana más frío del año en mi ciudad suele ser el segundo de Enero. Hace unos cuantos años dicho finde fue especialmente gélido: un frente de origen polar se ensañó con la región y las temperaturas mínimas igualaron nosequé record negativo registrado en la primera mitad del Siglo XX...
Aquel fin de semana en particular lo recuerdo porque quedé con cierta chica que consiguió poner a prueba mi (dudosa) tolerancia a las adversidades climatológicas.
A la tercera cerveza me contó que habían ingresado recientemente a su tía/abuela en una residencia de ancianos y que había conseguido las llaves del piso de la pobre mujer, ahora vacío... para hacer noche allí y no tener que regresar al pueblo de madrugada. "Podrías venirte a dormir conmigo esta noche, si quieres..." dijo, acariciándome la mano.
Mi rostro debió iluminarse ya que en las citas anteriores jamás habíamos pasado de besarnos y magrearnos en plan light, con lo que de repente la noche cobraba una dimensión de lo más prometedora... "Claro que quiero, de hecho... -dije, citando a Don Corleone- con la que está cayendo ahí fuera, me parece una de esas ofertas que no se pueden rechazar..."
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Subiendo en el ascensor me explicó que había un pequeño problemilla en esa casa: "estaremos sin calefacción ni agua caliente (la familia ha dado de baja todo eso) así que no te asustes si ves que hace un pelín de frío", comentó... Resté importancia a la noticia y con tono jocoso le pregunté si por un casual sólo me invitaba para hacerle de bolsadeaguacalientehumana en la cama, a lo que ella contestó (agarrándome la entrepierna) que no, que la bolsa esa ya la tenía, que mis servicios (aunque también relacionados con el calentamiento) serían de otra índole...
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El caso es que no mentía, dentro de la casa hacía bastante frío... y sí, ya tenía una bolsa de agua caliente: en lo que yo recopilaba todas las mantas (y similares) de la casa para echarlas sobre la cama ella estuvo calentando a tope en el microondas varias tazas de agua para luego verterlas dentro de la citada bolsa.
Ya en el dormitorio, antes de acostarnos, me puse a cantar "these boots are made for walking" en lo que ella se desabrochaba las botas altas negras que llevaba... para mi sorpresa, después de quitarse la falda, las medias y el sujetador, se puso encima un gordo y áspero esquijama que tenía pinta de haber estado varios lustros (ajeno a las modas) guardado en el armario castellano que presidía el cuarto.
No me considero especialmente exquisito ni puntilloso en esas cuestiones pero, verla de aquella guisa (a ella, tan de punta en blanco siempre, tan fina y tan perfecta)... me descolocó un poco.
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Me quedé en gayumbos y camiseta, ya iba a entrar en la cama cuando de repente ella me detuvo: "no te acuestes todavía -exclamó- aún falta algo por hacer..."
Agarró un secador de pelo, lo encendió, levantó la pesada colección de mantas que cubrían la cama... y empezó a pasar el aire caliente sobre las sábanas del interior durante un buen rato.
En mi vida había visto nada parecido y así se lo hice saber: "desde luego eres una chica con recursos", comenté, alucinando ahí de pie, en calzoncillos... "ya ves -contestó sonriendo mientras repasaba la esquina interior más remota del catre- me lo enseñó mi ex, es un truquito que aprendió el pobre en la Mili..."
Apagó el cacharro depositándolo sobre la mesita de noche, agarró la bolsa de agua caliente y nos metimos (los tres) en la cama.
Sí que se notó bastante al principio el efecto del secador de pelo; la agradable temperatura entre las sábanas facilitó que no tardásemos en deshacernos de los improvisados pijamas. En mi caso debo confesar que disfruté doblemente desnudándola, por una cuestión tanto sexual como estética: ... la visión de aquel horrible esquijama ochentero por poco consigue derribar mi glacial erección.
Por suerte segundos después, tras bajar a la mina (a ciegas, sin casco ni linterna), los fantasmas se evaporaron y la naturaleza siguió su curso...
El año 2011 que acabamos de dejar atrás, al margen de varios encuentros positivos con el sexo opuesto también me obsequió con algún que otro "rechazo". La cifra exacta (tras revisar el balance contable) de combates nulos asciende a tres.
A continuación, la relación de ganadoras del "Premio Cobra 2011", de menos a más...
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MEDALLA DE BRONCE(y Premio del Público)
Conocí a Lola una noche de fiesta pero apenas nos dio tiempo a hablar un poco e intercambiar datos, nos caímos bien pero ella tenía que regresar a toda prisa a su ciudad (a hora y media de distancia en coche, aproximadamente). Los siguientes días coincidimos algo por el messenger y me dijo que una de esas mañanas vendría de compras a mi ciudad, que podríamos quedar...
Ese jueves volvimos a vernos, fuimos a una cafetería y estuvimos hablando (con relativo buen feeling) hora y media. Llevé la conversación hacia derroteros íntimos y ella me dio a entender que el próximo finde que viniera quedaríamos por la noche y (cito textualmente) "el sitio no será un problema porque una amiga me suele dejar su piso".
Pocos minutos después intenté besarla pero se apartó. "Perdona pero yo no soy de las que se van dando picos por ahí -me dijo, altanera- ...yo prefiero estudiar primero a la persona, ver cómo respira, etc...Y voy muuuuy despacio con los chicos".
Después de eso yo me fui a mi casa, ella a sus compras... y aunque el siguiente mes seguimos hablando algo por el messenger, incluso planeando un posible encuentro... éste jamás llegó a producirse. Dos meses después simplemente dejó de aparecer conectada...
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MEDALLA DE PLATA(y Mención Especial del Jurado Internacional)
Luisa era colombiana, mulata y (a mis caucasianos ojos) exóticamente sensual... desde el primer momento en que nos vimos no pensé en otra cosa que no fuera encontrar la manera de llevármela a la cama. Hablaba mucho y casi todas sus frases tenían que ver con circunstancias (conflictos) familiares, con su nostalgia y ganas de volver a su país... o con historias de la discoteca que la comunidad latina de mi ciudad suele frecuentar casi a diario.
Me confesó que en los casi 10 años que lleva aquí sólo ha tenido relaciones con un español, que lo normal es salir con su gente... planteé si estaría dispuesta a hacer una segunda excepción a dicho código y ella sonrió con picardía, desde luego no me dio con la puerta en las narices. Fue a eso a lo que me agarré cuando más tarde en la calle, en el momento de la despedida intenté cambiar los dos besos faciales de cortesía por uno en los morros... torpedo F-4... ¡agua!
El gesto que me hizo para escabullirse fue tan hábil, veloz y elástico que después, camino de casa, no pude evitar reírme al bautizarlo como: "la cobra colombiana".
En el momento en que lo hizo ella sonreía nerviosamente y me dijo que le daba mucha vergüenza, que dónde iba... que me aguantara por favor, que yo era muy lanzado...
El caso es que tras escabullirse, Luisa salió disparada a paso ligero hacia su calle, sin mirar atrás...
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Tras aquella cita di por sentado que mis posibilidades con la mulata eran prácticamente nulas, a pesar de lo cual ella accedió a quedar conmigo una segunda ocasión... pero por desgracia sucedió lo mismo: buen rollo en el bar, picardía... y "cobra colombiana" en la plaza durante la despedida.
Después de aquello decidí (lógicamente) no insistir y pasar del tema.
(Nota Biográfica): Mes y medio después caminando por su barrio me encontré casualmente con ella, me insistió con fuerza para que tomáramos un café y acepté... el guión inicial volvió a cumplirse pero esta vez no esperé a la plaza maldita para estrellarme, en medio del bar me acerqué y la besé... ...y la Torre de Control por fin dio permiso para aterrizar.
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MEDALLA DE ORO(y Diploma de Honor 2011 por sus Indiscutibles Avances en el Campo de la Inoportunidad)
Cierta lluviosa tarde de domingo salí con Marta. En otro tiempo fuimos "amigos con derechos" (odio esa expresión pero así se comprenderá bien la clase de relación que teníamos) aunque hacía meses que no hablábamos... así que fue toda una sorpresa cuando aquella tarde me abordó en el messenger bastante desesperada: que si todos sus amigos estaban emparejados, que se aburría mortalmente los findes, no tenía a nadie para salir, etc...
El caso es que la primera cerveza la tomamos de día y la última cayó a eso de las dos de la madrugada... ...saliendo del último bar, en medio de la calle (y tras cierta frase suya que me dio pie a ello) la agarré y cuando fui a acercar mi cara a la suya se zafó dando un brinco.
Entonces se me quedó mirando fijamente, con cara de perdonavidas... "¿pero de qué vas? -dijo- no tío, no... ni lo sueñes..." Un gesto sumamente altivo y renegado, como si (para más inri) jamás nos hubiéramos besado en el pasado...
Sonreí, no dije nada y di media vuelta (sin mirar atrás) hacia mi casa, conmigo nunca ha funcionado el numerito (que algunas chicas representan) de pretender hacerme sentir culpable o desgraciado por haber intentado entrarlas sin éxito.
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Seis meses después de aquella noche, yo pasaba la mañana pedaleando en una bici estática del gimnasio cuando vi entrar a Marta por la puerta. La sala es pequeña con lo que no existe espacio suficiente para hacerse el loco si ves a alguien a quien no quieres saludar... así que ella finalmente no pudo evitar pasar delante de mi zona. Se dignó a detenerse para hablar un par de minutos, aunque evitando mirarme a los ojos, sin ocultar su nerviosismo y fastidio.
Me dijo que ella siempre va por la tarde pero que esa semana estaba de vacaciones así que tenía pensado ir todas las mañanas. Comenté que yo siempre voy en ese horario así que ya nos veríamos más veces a lo largo de la semana...
Marta asintió con la cabeza y marchó hacia la esquina de las mancuernas... el resto de la semana, por supuesto, no acudió al gimnasio ni una sola mañana.
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Miércoles 11 de enero de 2012, 19:40 horas. Me suena el móvil y para mi sorpresa es Marta... "¿qué podrá querer?", me pregunto mientras pulso el desgastado botón de respuesta.
"¿Hola?", digo con tono intrigado... "¡Qué pasa! ¿Qué es de tu vida? ...qué liado estás ahora que vas a ser padre!!!", me suelta... "¿Ehm? ¿Perdona?", mis ojos abiertos como platos... "Aaaahhh... -aparentemente reconoce mi voz y se da cuenta del error- ¡Vaya! Ya decía yo que tú no eras quien yo pensaba..." "¿Acaso hay algo que deba saber, Marta? -aprovecho para ser lo más puñetero posible- ...porque que yo sepa, los plazos desde nuestra última cita no cuadran con una posible paternidad..."
Ella se ríe de manera nerviosa, por su tono de voz se puede adivinar el color rojo de su rostro al otro lado del aparato... "Bueno Rific, no sé... ya que te tengo en línea cuéntame -intenta cambiar radicalmente el tema de conversación- ¿qué tal va todo?" Contesto un par de topicazos post-navideños y ella hace lo propio en medio de una especie de simulacro de charla cordial y civilizada... ...medio minuto después ella empieza a despedirse pero antes pregunto si cree necesario que me someta a alguna clase de prueba o test de embarazo.
Se despide emitiendo una fingida carcajada y cuelga el teléfono... Ríe la última, pero no ríe mejor.