El otro día en una conversación entre amigos salió el tema de cuál es el mejor tipo de sexo.
Toda clase de obscenidades y delirios eróticos salieron a pasear... sin embargo mi respuesta (a raíz de las reacciones de mis contertulios) resultó ser la más pintoresca.
Dejando a un lado ese sexo desmesurado, pleno y exuberante que alguna vez en la vida se tiene la suerte de conseguir con una persona amada, centrándonos en "sexo de andar por casa" con gente de importancia relativa o en situaciones casuales, mi respuesta fue la siguiente: el mejor sexo que hay es el sexo inesperado.
Dentro de ese concepto, a grandes rasgos, en un principio podrían encajar esos días que tras haber follado, al apagar la luz por la noche echas la vista atrás y caes en la cuenta de que al despertarte esa misma mañana ni de coña imaginaste que acabarías teniendo sexo, nada hubiera podido anticiparlo o sugerirlo.
En ese elemento sorpresa, dicho componente de aventura... reside el condimento estrella de la trama.
En resumen se trataría de eso, pero el concepto también es susceptible de ser graduado. De hecho cuanto más radical más excitante.
La otra parte involucrada, por supuesto, será absolutamente desconocida. Y por "inesperado" no me refiero a ese día que quedas con una chica y a pesar de que nada indique que acabaréis intimando... al final sucede; tampoco esos días en los que vas a una fiesta, boda, sarao indeterminado... y ligas.
Tampoco ese típico sábado noche depresivo que sales con tus amigos de tranqui (derrotado de antemano) y si tuvieras que apostar todo tu patrimonio a que ni de coña ligas, seguramente ganarías.
No, en todas esas situaciones te encontrarás en un contexto social en el que aunque seas veneno para las relaciones siempre puede sonar la flauta, ni siquiera tiene que depender de ti... simplemente basta con estar en el momento justo en el lugar adecuado.
La versión radical de este tipo de sexo cien por cien imprevisto sería la de un día de diario en el que no has quedado con nadie, ni siquiera vas arreglado y de repente conoces a alguien en un entorno cotidiano: comprando en el supermercado, tomando algo entre turnos del trabajo, esperando el bus...
A mi me ha sucedido un par de veces y aunque ninguno de dichos revolcones fuera especialmente bueno, compararía el proceso a saltar en marcha a un veloz deportivo de esos que pilota James Bond quemando rueda y serpenteando caminos polvorientos junto a acantilados de la costa azul francesa.
Demasiado brusco para realmente disfrutarlo, demasiado súbito para asimilarlo en el momento.
En el mundo comercial cerrar una venta siempre es difícil, vender a puerta fría creando en el cliente una necesidad de la nada lo es mucho más... pero los del gremio dicen que se disfruta el doble.
Quien alguna vez en su vida haya vendido una enciclopedia lo sabe.
Cierta
ocasión, durante un concierto, escuché a un veterano rockero dedicar su
siguiente canción a las groupies. Trató de desmitificar la cuestión poniendo el
acento en el inquietante hecho de “encerrarse entre cuatro paredes con una
total desconocida, alguien que bien podría ser emocionalmente inestable,
psicológicamente perturbada o sexualmente insaciable”.
El comentario despertó no pocas carcajadas cómplices entre el público, mi reacción
sin embargo fue una mueca agridulce, quizás comprendía demasiado bien la
naturaleza de aquel discurso: no soy ninguna estrella del pop pero tengo una
amplia experiencia quedando y relacionándome con chicas (en mayor o menor
medida) a ciegas.
De entrada, tales encuentros o citas siempre tienen un propósito lúdico e informal,
pero por desgracia a veces las situaciones se descontrolan y la travesura se convierte
en pesadilla.
Después del
sexo mucha gente siente una necesidad irrefrenable de “confesarse”, de
sincerarse de manera descarnada con el extraño acostado a su lado, sin obviar
detalles.
En plena catarsis post-coital muchas chicas (inesperadamente) han roto a llorar
y he escuchado relatos que me han helado la sangre. Historias de separaciones con
maltrato físico o psicológico, largos años sin ver a unos hijos que se quedaron
en el país de procedencia, enfermedades incurables, viudedades prematuras, intentos
de suicidio, embarazos no deseados, plantones pocos días antes de la boda, adicciones,
irritantes recuerdos de viejos amores imposibles…
Cada vez que se producen semejantes escenas, cuesta una barbaridad recordar que
apenas una hora antes esa chica (que ahora se levanta descompuesta de la cama
para buscar su cartera y enseñarte fotos de sus niños) estuviera risueña a tu
lado, bebiendo despreocupada, bailando, haciendo chistes o gimiendo de placer.
Tras la purga, el anticlímax.
Sin duda eso de encerrarse con una desconocida tiene sus riesgos y no solo
emocionales, también físicos.
Una vez estuve con una chica cubierta de exóticos tatuajes que en medio del
revolcón me pidió que le pegase un par de bofetadas “bien dadas” y si eso algún
puñetazo “sin pasarme para no dejar demasiada marca”. Cuando vio mi gesto
estupefacto lo tomó por vacilación y automáticamente se ofreció ella a pegarme
“si así lo prefería”.
Salté de aquella cama y hui como alma que lleva el
diablo… aunque no tan rápido como otra ocasión en que una chica tras escuchar
un par de pitidos en su móvil y comprobar la pantalla aprovechó para confesarme
(todo de golpe) que no era soltera y que su marido estaba al caer.
Ya en la calle, el sudor frío aún recorría mi sien cuando me crucé con un tipo corpulento
vestido de uniforme (su esposo era guardia de seguridad en un polígono
industrial) en la esquina más próxima a escasos metros del portal.
Otras veces no hay tanta suerte y te pillan en pleno acto, como la noche en
aquel descampado donde mi recientemente desconocida amante me llevó en su coche
y de repente un par de vehículos se aproximaron dando varias vueltas a nuestro
alrededor, iluminándonos con los focos y gritando obscenidades… o aquel
inquietante sujeto desdentado que con la excusa de pasear al perro acercó su
siniestro rostro a la ventanilla empañada para ver de cerca cómo nos lo
montábamos.
Hace nueve
años en una ciudad extraña para mí, conocí a una chica que me llevó a su piso y
mientras caminábamos (más tarde supe que ningún taxi estaría dispuesto a
llevarnos por allí) cruzamos barrios que parecían zonas de guerra: contenedores
ardiendo, sirenas de policía, gente corriendo y saltando verjas, ruidos de
cristales rotos… ¿acaso merecía tanto la pena la recompensa final después de
aquel tétrico circuito?
Con los debidos respetos (y la adecuada perspectiva), la respuesta sin duda es
NO.
También hay ocasiones en que el bingo no es correcto.
Tres días pasé sin dormir aquel mismo año cuando una chica con la que apenas
había estado una vez (y cuyo apellido ignoraba) me dijo que estaba teniendo un
retraso sospechoso. Yo estaba seguro de haber tomado las precauciones
necesarias pero ella supo contagiarme su desasosiego sembrando dudas a diestro
y siniestro, victimizándose además del peor modo pasivo-agresivo.
Pasó lo que tenía que pasar: falsa alarma, alivio máximo, mutis, en sus marcas,
listos… ¡ya!.
Años, años y más años sumido en plena paradoja, pues debo confesar que, a lo largo de
mi pacífica existencia, la intimidad con desconocidas ha sido mi principal
fuente de situaciones truculentas.
A veces me
gustaría que fuese un miedo insuperable como aquel que se usaba de eximente en
los códigos penales, pero no suele funcionar así. De repente un día tienes un leve
problema de salud y en el protocolo de su tratamiento médico se incluyen
pruebas que detectan VIH, hepatitis B, sífilis... y ahí no hay atenuante que
valga.
El médico pronuncia esas palabras de manera desapasionada y rutinaria,
“tranquilo que no va a salir nada de eso”, asegura… y aunque confíes en su palabra
no puedes evitar tener alguna mínima duda razonable.
La semana antes de conocer los resultados inevitablemente te cuestionas ese
impetuoso estilo de vida. Y el miedo que alguna vez conociste se convierte en
pánico.
De ese
terror indefenso, mientras el público ríe a carcajadas, imagino que también sabrá
(y callará) bastante aquel veterano rockero.
La conocí un mes de junio y ese mismo día acabamos en la cama.
Volví a ir a su casa cinco veces más antes de que concluyese el año, en
todas las ocasiones fueron ratos breves: charla mínima en el sofá (ni
una cerveza, ni un vaso de agua) y a la cama.
De salir
por ahi juntos a tomar algo, pasear o al cine... ni hablar. Culpa mía,
lo admito, su forma de ser (era de esas personas que constantemente buscan conflicto hasta en la charla más inocente) me agotaba... y su compañía ni me interesaba ni aportaba nada más allá del
desahogo sexual.
Un viernes de octubre intercambiamos
mensajes por la mañana sobre la posibilidad de vernos esa misma noche y
ella parecía estar de acuerdo: "avisame cuando salgas de trabajar",
dijo.
Nada más salir, antes de pillar el autobus, le mandé
un mensaje preguntando si le iba bien que fuera o no... no obtuve
respuesta.
No me bajé en la parada próxima a su casa y seguí ruta hacia la mía.
Subiendo en mi ascensor me contestó, preguntando qué hacía. "Entrando en mi casa ya, ¿tú?", respondí.
"Ooooohhh... ¿no vienes entonces?", soltó.
"Te
escribí nada más salir del trabajo, no obtuve respuesta así que supuse
que estarías ocupada o te iba mal, me he venido a casa"
"Que sepas que no has venido porque no te ha dado la gana", sentenció.
¿Cómo? ¿Estamos ante alguna especie de penoso Juego Mental?
"¿Ah sí? Explícate por favor", intervine.
"Pues eso, que no has venido porque no te ha dado la gana... podrías haberme llamado", añadió.
Efectivamente,
se trataba de una retorcida treta, una prueba a la que me vi
sometido para calibrar mi interés... se ve que un mensaje sugiere un
bajo compromiso con la causa mientras que con una llamada (o dos, si
ella rehusase contestar la primera vez) quedaría demostrada la devoción
necesaria para ser debidamente recibido en la Cúpula del Placer.
Pensé
en decirle que de qué coño iba, que yo no llamé pero al menos moví
ficha mientras que ella se limitó a esperar simplemente para... ¿ver
hasta dónde yo sería capaz de insistir para meterme en su cama?
Tomé
aire, conté hasta diez... y opté por no darle el gusto de justificarme
lo más mínimo por "no llamar", aparte de evitar enzarzarme en un diálogo
para besugos.
"Ahm. Bueno, voy a cenar!!!", contesté.
Silencio.
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Acerté.
Aquella noche se ve que le salió el tiro por la culata y se quedó sin una esperada "discusión".
De hecho un par de viernes después en cuanto puse un pie fuera del trabajo fue ella quien me llamó para ir a su casa.
Fui,
volvimos a tener una charla absolutamente anodina en su sofá, no me dio
ni agua (a pesar de pedírselo), echamos un polvo en su cama y
me largué al poco de terminar.
Insistió en que me
quedase a dormir pero le dije que si no me daba ni un triste vaso de
agua era mejor que me largase, con la garganta seca mis ronquidos se le
harían insoportables.
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Nuestro
intercambio de mensajes (que ya era mínimo de por sí) se redujo en las
semanas siguientes hasta llegar a ser prácticamente inexistente.
Mes y medio después, con motivo del año nuevo, recibí el siguiente whatsapp:
"Hola.
Después de dar muchas vueltas a si decírtelo o no
Al final he decidido que sí
Me apetece hacer contigo algo más q un polvo cuando a ti te viene bien
Supongo q no debería decirtelo x aquí
Pero dado que es nuestra forma de comunicación pues aquí lo suelto"
Voy a un concierto de jazz veraniego al aire libre, cuando
entro en el recinto la azafata de la puerta agarra mi entrada y la corta
devolviéndome una esquina minúscula en la que no se lee nada acerca del concierto,
artista... podría ser la esquina de un ticket del supermercado.
Yo suelo coleccionar las entradas de los conciertos así que
me quedo parado, entorpeciendo el avance de la fila, mirando fijamente a los
ojos a la azafata con gesto contrariado... "¿Te parece normal cortar así
la entrada? Entre darme este pico sin nada escrito y no darme nada... ¿cuál es
la diferencia?", pregunto.
Ella sonríe nerviosa y se encoge de hombros... "Deberían
poner a hacer este tipo de trabajos a gente que le gusten los conciertos",
pienso mientras avanzo sin montar más bulla.
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Entro en el patio donde tiene lugar el show y me siento en
una silla centrada a poca distancia del escenario, hace bastante calor pero
comienza a correr una agradable brisa. De repente se acercan cuatro chicas a mi
asiento, avanzando por la fila... se sientan a mi lado y una de ellas también
va comentando la chapuza de la chica de la puerta cortando las entradas:
"vaya mierda me ha devuelto, esto no hay quien lo guarde", dice,
mostrando un trozo de papel sensiblemente más grande que el mío.
"Pues eso no es nada -interrumpo- mirad lo que me han
devuelto a mi"
Cuando ven la birria que (no sé por qué la guardé) saco del
bolsillo se parten de risa... "lo tuyo es peor sin duda", dicen a
coro.
Alargamos el tema de la entrada un par de minutos, lo
enlazamos con alguna otra coña más y de repente me encuentro hablando
distendidamente con la que se sienta a mi lado.
Apenas faltan cinco minutos para que empiece el concierto pero da tiempo a que
me cuente no solo que es una apasionada de la música como espectadora, sino que
además toca la guitarra en un grupo. Dice el nombre de la banda y (aunque jamás
los he escuchado) me suena de haberlo leído en las agendas locales de
conciertos... cuando me dice que unos días antes estuvo tocando en cierta
céntrica plaza el "Día de la Música" caí en la cuenta de que a esa
hora yo pasaba por ahí procedente de la "siesta" glosada en una
reciente entrada.
El concierto empieza y dejamos de hablar. Cuando termina nos
decimos adiós sin más.
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Al día siguiente en casa recuerdo el nombre del grupo de la guitarrista y busco
información en google, incluso encuentro algún video en youtube. En la página
web de la banda hay un correo de contacto y decido enviar un breve e-mail
felicitando por lo ahí colgado e identificándome como “el chico de la entrada
mal cortada”.
Me contesta la guitarrista (presentándose como Patricia) de
manera afable. El día siguiente intercambiamos un par de correos más, una cosa
lleva a la otra y nos damos el messenger… para el sábado (cuatro días después
del concierto) decidimos quedar a tomar una caña a primera hora de la noche.
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La cita arranca bien, ella acude sonriente, simpática y
responde bien a cuantas coñas surgen. Vamos a dos bares de temática
pseudomusical que supongo le gustarán y sí, son un acierto.
Para cuando estamos decidiendo el tercer bar yo ya tengo
claro que voy a entrarla, pero de repente ella insiste en ir a una terraza (hace
bastante calor) así que mi plan de ataque se ve necesariamente postergado.
En la terraza me muestro más incisivo en la charla, ella no
sé si se da cuenta de mis intenciones o si está empanada con la mezcla de
cerveza y bochorno… derrama toda su caña sobre la mesa empapando su teléfono
móvil, a continuación con destreza casi militar lo desmonta y seca con unos pañuelos
de papel. Tras colocar de nuevo las piezas… funciona.
El siguiente bar es bajo techo y nos sentamos en una esquina
apartada. Patricia me habla del último chico con el que ha estado, de lo
insensible que se había mostrado durante sus encuentros, especialmente en los
más íntimos… “pero claro, él también toca en un grupo y yo que soy así de imbécil
veo a un músico y me derrito…”
Le pregunto si ha tenido alguna vez relaciones con gente de mi profesión, ella
se ríe y me dice que de momento no, que es un campo por explorar… susurro que
ya va siendo hora y me acerco a besarla. Me lo devuelve. Se alza el telón.
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Tras un rato de magreo en el bar vamos a su coche, lo tiene aparcado delante de
los juzgados y nada más entrar tengo que avisar que se trata de zona
videovigilada… arranca y vamos a un pinar de las afueras.
Follamos en la parte trasera del coche, me llama la atención
que antes de ponernos manos a la obra dedica más de cinco eternos minutos a
seleccionar la música de fondo… pasando compulsivamente canciones del pincho
que tenía conectado a la radio. Al final la banda sonora es un batiburrillo de
música celta new age, todo muy etéreo y ambiental.
Cuando terminamos sucede algo para lo que no estoy
preparado. “Espera, antes de regresar a la civilización te voy a poner mi
disco, a ver qué te parece…”, dice.
Se incorpora hacia la guantera y saca un CD, lo mete en el aparato y pulsa play.
Así, desnudos, en el asiento trasero de su coche… me tiene los veinticinco
minutos que dura el EP, un disco semi-acústico que si bien no me desagrada
tampoco me dice nada… me acribilla a preguntas, comenta todas las canciones por
encima, justifica aparentes fallos de grabación o que suene cierto instrumento
que ella en un principio no quería… eso nos lleva a que vuelva a incorporarse
en busca de LA MAQUETA. Otros veinte minutos…
Pero ese es el disco que ha grabado ella sola con ayuda de su
prima, después llega el turno del disco que ha hecho con el grupo (del cual
tiene a bien ponerme “solo” tres canciones sueltas) y a modo de final apoteósico
saca el móvil y me reproduce un par de grabaciones caseras en las que está
trabajando.
Hago un esfuerzo sobrehumano por sonreír, hacer comentarios amables, asentir y
ocultar los incipientes bostezos involuntarios que me produce la situación.
El revolcón en el coche comenzó casi a las tres de la
madrugada, hora y media después dejamos el pinar atrás.
De este concierto privado en plena naturaleza tampoco puedo conservar la
entrada. ¡Qué mala racha!
Conocí a Marian un año antes pero nuestra historia fue la de un desencuentro.
Después
de coincidir en una cena multitudinaria seguimos en contacto vía
informática e intentamos quedar un par de veces a solas... sin
resultado.
Después me fui unos días de vacaciones y aquello nos
distanció definitivamente, durante esos días a ambos se nos cruzaron
diferentes distracciones (o eso pensé yo) y sencillamente dejamos de
escribirnos.
Diez meses después Marian asomó
por mi messenger y me dio por saludar. Al principio fingió no
reconocerme pero después de "identificarme" procedió a reprocharme con
todo lujo de detalles mi "espantá" de meses atrás. No tardé en recordar
las razones por las que en su día decidí cortar el contacto, su habitual
tono inquisitivo me incomodaba demasiado...
No me disculpé
por nada y ella pareció quedarse a gusto tan solo dejando caer lo que en
su día no pudo soltar... dos días después volvió a asomar y comenzó a
escribirme como si nada, como si aún tuviéramos pendiente esa caña que
diez meses atrás no se produjo.
El siguiente
mes estuvimos a punto de quedar un par de veces pero mis horarios se
volvieron imposibles. Ella siempre malinterpretó mis negativas como
falta de interés y su tono en las conversaciones se volvió de lo más
irritante... ella misma se lo decía todo, ¿para qué añadir nada? Me
agotaba: "Hola, ¿hoy tendrás tiempo para una caña? Aunque claro, como no
quieres quedar conmigo imagino que me dirás que no..."
Ante
frases de ese estilo (todas negativas, victimistas y pasivo-agresivas)
ciertamente mis ganas de verla disminuían... un año después la historia
se repetía.
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Domingo
por la tarde, después de comer, tras un par de semanas absolutamente
frenéticas me puse a ver un partido de Wimbledon tirado en el sofá
combatiendo la ola de calor... relax total.
De repente me
escribió Marian volviendo a la carga con su habitual rollo de si lo he
pasado bien el finde, que si finalmente salí podría haberle dado un
toque pero claro, que no vamos a quedar en la vida porque estoy tan
ocupado...
Contesté (con toda la intención del mundo) que me
pillaba a punto de una especie de siesta, que no estaba la cosa para
debates sesudos con treinta y cinco grados a la sombra... pero ella
lejos de darse por aludida y cortar la comunicación me propuso que si
era cierto que iba a echar la siesta, fuera a su casa a dormirla con
ella.
De repente lo que sucedía en el All England Lawn Tennis and Croquet Club, inevitablemente, pasó a segundo plano.
¿Estaba
pasando lo que yo creía que estaba pasando? Era la primera vez que
recibía semejante invitación de una (prácticamente) desconocida. Me dijo
que su sofá seguro que era más cómodo que el mío, le pregunté si me
enseñaría el nuevo tatuaje que se hizo la semana pasada... "ya veremos"
fue su respuesta. No necesité más.
Me dio su dirección, caminé veinte minutos por las calles desiertas buscando en todo momento la sombra y toqué su timbre.
- - - - - - - - -
Abrió la puerta y me recibió con un vestido veraniego corto estampado, el pelo mojado y descalza.
"Que
sepas que ni siquiera he comido -dijo mientras me guiaba por el pasillo
hacia el salón- te escribí nada más llegar del trabajo, apenas me ha
dado tiempo a ducharme..."
"Osea que casi me recibes envuelta en la toalla", solté mientras ella me indica el sofá donde sentarme...
"Más quisieras...", sonrió sacando la lengua, sentándose en otro sofá frente al mío. Una mesita baja ejercía de barrera.
Nuestra
primera charla en persona a solas fluye a pesar del sopor ambiental,
ella arranca combativa retomando el tema del año anterior, vuelve a la
carga con reproches, que si dejé de hablarla, bla bla bla... recordó
bastantes detalles insignificantes así que imaginé que estuvo releyendo
viejas conversaciones... en fin, chorradas.
Desvié la atención
resumiendo mis últimas dos semanas de actividad alocada en casa y en el
curro, ella me contó también historias raras de su lugar de trabajo...
costó casi media hora pero por fin se relajó el ambiente.
Cuando
propuse que me mostrase el nuevo tatuaje se resistió apenas unos
segundos antes de girarse sobre el sofá, desabotonarse la espalda del
vestido y dejar a la vista un trabajo digno de un mafioso japonés de
alto rango...
"Tenía ganas de terminar el tríptico", dijo...
Un
reloj de arena gigante cubría casi toda la espalda, debajo unas letras
latinas en plan "carpe diem" o "tempus fugit"... encima del reloj algo
simbólico que no alcancé a descifrar.
Me incorporé para verlo de cerca pero ella se apresuró a echar la cortina... "ya has visto suficiente", dijo.
Me
senté a su lado en el minisofá que ocupaba. "Antes me dijiste que tu
sofá seguro que era más cómodo que el mío, la verdad es que estoy de
acuerdo...", comenté, poniéndome frente a ella.
"Yo me refería a ESE -señaló donde estuve sentado antes de la invasión-, no a ESTE..."
Acaricié su tobillo. "¿Acaso me estoy equivocando cambiando de sitio?, pregunté lanzándome definitivamente al ataque.
"¿Tú qué crees?", contestó sonriendo con picardía... me incorporé de nuevo hacia ella y nos besamos.
La siesta quedaba oficialmente inaugurada.
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Diez
minutos de magreo en el sofá. Su vestido desapareció, me abrazó con las
piernas y descubrí un par de tatuajes más (¿tendrá una daga oculta bajo
los cojines?); metí las manos bajo sus bragas, me llevó a una
habitación medio vacía, nos desnudamos del todo y nos echamos sobre un
camastro.
"Que sepas que no pienso echar un polvo contigo -dijo de
repente- ...aún no he salido de la regla del todo y todavía mancho un
poco"
Automáticamente descarté hundir la cabeza en su
entrepierna y pasé a concentrarme en el resto de su cuerpo. Pusimos a
prueba la estabilidad del camastro, sus muelles chirriaban más de la
cuenta... finalmente me masturbó apuntando hacia su pecho para la ráfaga
final.
Fuimos juntos al cuarto de baño. "Que sepas que hoy me
has pillado en un buen día -dijo mientras se lavaba- si no ni de coña te
hubiera dicho que vinieras"
"¡Celebro entonces tu buen humor!", contesté, también en pleno aseo.
"Eso sí -añadió- el próximo día tomamos una caña o algo por ahí eh, esto no era lo que yo tenía en mente..."
"Claro, claro", contesté, ya empezando a vestirme... ¿A qué ha venido esto último? Pensé. No hace falta justificar nada, pero bueno...
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EPÍLOGO:
Aproximadamente hora y media después regresé al bochorno de la calle,
era el Día de la Música y en el escenario montado en una de las plazas
más céntricas de mi ciudad comenzaba a actuar (bajo un sol de justicia)
un grupo musical local desconocido.
Crucé la plaza a toda velocidad
en busca de la sombra de los soportales, no me fijé en sus integrantes
ni presté excesiva atención a su repertorio folk. De haber sabido lo que
me sucedería veinte días después, relacionado con ese grupo, me habría
detenido a ver un rato el show.
Pero esa es otra historia y de ella nos ocuparemos (verano mediante) la próxima semana...
Hace justo dos años, por estas fechas, conocí a Carmen.
La
primera vez que nos vimos fue una fría noche de domingo de Mayo. Nos
liamos en el segundo bar y cuando propuse seguir la fiesta en otro lugar
más apartado me paró los pies, subió a su coche y se despidió con aire
condescenciente.
La segunda vez que nos vimos fue un
par de días después, pasamos casi toda la mañana en la esquina de un bar
bastante oscuro metiéndonos mano a saco. Cuando nos despedimos no
propuse nada de irnos a alguna otra parte. No lo hicimos. Por la tarde me escribió
que se había quedado con ganas de más.
La tercera vez
que nos vimos fue mes y medio después. Entre medias (aprovechando una
semana que me encerré para estudiar por unos exámenes) ella había conocido a otro chico y comenzaron a salir "en serio".
La cosa no les debió de ir bien así que quedamos una extraña noche de sábado de Julio,
subió a mi casa, follamos tres veces y cuando ella ya se quería tapar
para dormir le pedí "amablemente" que se fuera. Iba tan borracha (esa
fue la principal razón por la que no me apeteció dormir con ella, estaba
diciendo demasiadas estupideces) que se lo tomó a risa y salió de mi
casa cantando y haciendo bromas.
Las dos semanas siguientes me propuso quedar para volver a follar pero yo no pude. Después me fui de vacaciones.
La
cuarta vez que nos vimos fue de nuevo en el bar de la segunda cita,
pero esta vez no montamos ningún numerito. Era Noviembre, me dijo que acababa de
conocer a un chico y estaba pensando sentar la cabeza con él. A pesar
de todo nos estuvimos besando un rato y me dejó agarrarle una teta por
debajo de la ropa.
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Los
meses siguientes nos distanciamos, un día de la pasada primavera la vi
desde el bus sentada en una terraza tomando café con un chico.
El
pasado verano la saludé por whatsapp y me contó que lo suyo con aquel
nuevo fichaje iba viento en popa, después soltó algunas indirectas
acerca del día que la eché de mi casa... acabó despidiéndose altanera.
Hace
poco buscando un contacto en la agenda del móvil reparé en su foto de
perfil, sonriente junto a su nuevo amorcito vestidos ambos con ropas de
esquí en un paisaje nevado. "Soy feliz, no se puede pedir más", rezaba
su estado, junto a un icono besucón y otro sonriente ruborizado.
Hasta ahí bien, normal, la chica se ha echado novio y lo disfruta, cojonudo. Pero...
Esta
tarde he entrado en LINE, no lo suelo usar pero quería vaciar la
aplicación de tanto mensaje publicitario; el caso es que en el apartado
de "amigos" se me habían agregado automáticamente una serie de
contactos, o su incorporación estaba pendiente de que yo aceptase (no sé
muy bien cómo funciona esa cosa)... pues bien, el caso es que uno de
ellos era un tal JOSE y en la foto del perfil sale un sonriente primer
plano de Carmen con su novio.
Insisto: desconozco el
funcionamiento de esa aplicación, no sé si detrás de la invitación del
tal "Jose" hay una explicación sencilla o toda una trama conspiranoica.
¿Qué
coño hace ahí ese fulano con gafas de esquiador? ¿Año y medio después
de mi última cita con su chica y un año después de la última
conversación? ¿De qué va todo esto?
La última vez que había visitado a Sara prácticamente entramos en su
casa y tiramos la llave por la ventana... no salimos a la calle para
nada durante treinta y seis horas.
Jamás había pasado antes tanto tiempo en la cama sin estar enfermo: la balada de John & Yoko, revisitada.
La
segunda vez que fui había ganas de encerrarse de nuevo pero decidimos
no apresurarnos, antes iríamos a una ciudad castellana a comer y hacer
un poco de turismo como gente civilizada... la cosa resultó bien a
medias, la comida no estuvo mal, los monumentos eran interesantes, pero
las ganas de regresar al catre eran superiores a todo eso: finalmente
pusimos rumbo a su pueblo antes de tiempo y durante el trayecto no
parábamos de hacer bromas cochinas o adelantar guarradas presos del
ansia.
En el patio interior de su parcela, ya
llegando al portal, íbamos avanzando con risa floja algunas de esas
"prácticas" cuando de repente una voz procedente de una de las ventanas
del primer piso nos dio el alto.
"¡Sara y compañía! -exclamó
una chica, sujetando un vaso de cristal con aspecto de gin-tonic- ¡Qué
bien que llegáis ahora! Estamos aquí todos reunidos tomando algo, subid
venga!"
No pude ver con claridad a la chillona,
pero tuve una sensación rara. Sara me miró con gesto resignado entrado
en el portal: "No puedo hacerles el feo, me llevo muy bien con ellos y
me hacen mucha compañía los findes que no salgo... tomamos una rápida y
luego subimos, ¿vale?"
"¡No problem!", contesté con absoluta sinceridad.
Cuando
nos abrieron la puerta del primer piso y vi a la chica de la ventana mi
extraño presagio cobró vida: era Mariluz, una vieja compañera de mi
instituto. ¿Pero qué coño hacía allí a tantos kilómetros de nuestra
ciudad?
Nada más verme puso cara rara, sí... me conocía, pero
no sabía de qué, de momento no parecía ubicarme. Nos saludamos como si
nada, entramos y nos dieron sendos botellines de Mahou... en la salita
conté siete personas de tertulia, todos ellos fumando y riendo
compulsivamente.
Mariluz. Recuerdo una mítica excursión a Salamanca en primero de BUP en la que discretamente intenté
arrimarme y me mandó a paseo... también recuerdo que era amiga de unas
petardas con las que jamás me llevé bien, ni en la época del instituto
ni después coincidiendo en garitos y fiestas universitarias...
A
los diez minutos fui "desenmascarado", Mariluz interrumpió la charla
para señalarme con la punta de su cigarrillo y decir en voz alta: "¿Nos
conocemos verdad? ¿Ibamos al mismo Insti no? Qué fuerte... ¿Eres "ese"
Rific?"
"Eso es, "ese" Rific -dije, encenciendo uno de mis
pitillos- fuimos a la misma clase uno de aquellos años, si mal no
recuerdo tenías en la carpeta fotos de personajes de "Sensación de
Vivir"
No nos engañemos, desde el principio
tuve la sensación de que nos habían invitado a subir porque querían
cotillear al nuevo ligue de su amiga, pero de repente aquella revelación
de mi pasado común con una de ellos les había encandilado lo suficiente
como para no dejarme en un preferible segundo plano...
No fue una cerveza rápida, Mariluz se tiró una eternidad recordando estúpidas anécdotas del
instituto, de hecho se nos acabó haciendo de noche.
Sara no
tuvo el coraje de poner fin a la velada: en ningún momento planteó
ninguna excusa para irnos, se limitó a sujetar cada botellín sonriendo a
los vecinos y encogiéndose de hombros cuando se giraba hacia mi lado.
- - - - - - -
Ya
nos iban a incluir en el pedido de pizzas de la cena cuando Sara
pareció caer en la cuenta de que yo regresaba a mi ciudad a primera hora
de la mañana, no sin dificultad pusimos fin a aquella retención
ilegal.
Con casi tres horas de retraso entramos en el piso
"adecuado", nos desnudamos y el ansia recuperó protagonismo... aunque
mentiría si dijera que lo hizo de igual manera a como arrancó la velada.
Sí,
sin duda algo se torció aquella tarde. Yo no dije nada inconveniente en
aquella fiesta, de hecho Sara y yo fuimos meros convidados de piedra,
pero nos cortó el rollo de un modo extraño... aquellas miradas, aquel
elemento social, presentarnos ante ellos como si fueramos una pareja...
Sara descubriendo que su vecina probablemente supiera más historias del
chico que se estaba follando, que ella misma...
Estábamos descolocados y (al menos en mi caso) fuera de ambiente.
- - - - - - -
Ni
siquiera hablamos sobre ello, una extraña humareda nos intoxicó en
aquella casa y a partir de aquel sábado nuestro contacto misteriosamente
se enfrió.
Dos semanas después Sara quiso venir a mi ciudad
pero yo ya había quedado aquí para una fiesta con unos amigos a los que
veía muy de vez en cuando así que la convencí para que no se presentase.
Esa
misma noche yo estaba algo pedo con mis amigos en un bar rockero de mi
ciudad, de repente me tocaron la espalda: era Mariluz, me había visto y
quería saludar...
No recuerdo lo que me dijo o
si vio algo improcedente aquella noche, el caso es que debió de ir con
algún cuento a Sara porque al día siguiente tuvimos nuestra primera y
última bronca.
Luego la gente se extraña de que no me trate con mis vecinos, de que apenas me limite a saludarlos...
Hace poco dediqué aquí unas líneas a "Blade Runner", casualmente la
historia de hoy trancurre con otra película de Ridley Scott de fondo...
una de las más flojas de su irregular filmografía.
Cuando
"EL REINO DE LOS CIELOS" se estrenó en la primavera de 2005 yo acababa
de liarme con Carla. La cosa no duró demasiado pero recuerdo cierta
tarde de domingo que se quedó sola en casa y me invitó a visitarla para
ver una peli.
Su hermano solía descargar muchos estrenos y de entre los que tenía bajados pusimos esa.
Parecía
una buena elección, si mal no recuerdo era el regreso de Scott al cine
épico tras "Gladiator" y la temática medieval de las cruzadas resultaba
sugerente.
Recuerdo el contorno del trasero de
Carla y su chándal rosa, agachándose para conectar el cable del
ordenador con la tele del salón... y también recuerdo que cuando empezó
la reproducción del archivo se trataba de un pantallazo atroz capturado
en una estridente sala de cine. Por si esto fuera poco, la peli arrancó
estando ya empezada en medio de un diálogo de lo más absurdo sin las
debidas pistas previas.
Ese arranque tan "accidentado" hizo que no entrásemos en la trama e inevitablemente nos dispersásemos antes de lo previsto.
Sí,
mi intención al sentarme en ese sofá era meter mano a Carla...
pero no, no a los diez minutos de empezar una peli que (a priori) no
tenía tan mala pinta.
También recuerdo la grata
sorpresa que me llevé al bajar la cremallera de su chaqueta de chándal y
no encontrar ni camiseta ni sujetador... nada.
Durante la
primera batalla de la película le comí las tetas con bastante ansia; por
desgracia no me dejó progresar en la faena, me dijo que "estaba en uno
de esos días" (eufemismo espantoso donde los haya) aunque me temo que lo
usó como excusa para no pasar de ahí... en los cuatro siguientes meses
que (esporádicamente) seguimos viéndonos esgrimió esa excusa con demasiada frecuencia y
(salvo que tuviese el ciclo mentrual más alocado o errático de la
historia) las cuentas no salían.
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Unos
pocos meses después, en verano, fui a la playa y una noche quedé en el
apartamento de un amigo desde cuya terraza se veía toda la pantalla del
cine de verano. Estábamos bebiendo unas cervezas antes de ir a la zona
de fiesta cuando de repente la proyección echó a rodar... para mi
sorpresa la peli que pusieron fue "El Reino de los Cielos".
Ya nos íbamos a pirar cuando rogué a mis colegas que esperasen un ratito, que tenía curiosidad por ver cómo empezaba.
Fue
así como completé el puzzle, vi los primeros diez minutos hasta llegar a
la primera escena que recordaba. Por fin pude entender qué hacía aquel
fulano con esa espada y por qué estaba tan magullado...
Hace
pocos días la han echado en la tele, consideré la posibilidad de volver
a verla pero al final preferí quedarme tan solo con el recuerdo de las
tetas, esa cremallera bajando como la cortina de los viejos cines
descubriendo la pantalla... y toda su magia.
Hace varios años, en una semana santa como la que acaba de terminar, conocí a una chica haciendo la compra en el supermercado.
Quedamos
al día siguiente para dar juntos un paseo por la playa y la cosa se
acabó calentando: baño tórrido en aguas (aquel día
bastante) heladas y de remate una suculenta ración de sexo en mi
apartamento.
Estando en la cama me contó más o menos su vida:
su ex-marido transportista viajando demasiado a Marruecos y
aficionándose a algunas de las tradicionales tentaciones de la zona; un
par de críos cercanos a la adolescencia cada vez más problemáticos; una
precaria situación laboral... el desahogo no fue solo físico o erótico,
necesitaba alguien que la escuchase.
Dos días después regresó a
mi apartamento para "despedirnos" antes de mi vuelta a casa. En este
segundo asalto todo fue más lúdico y despreocupado, nos preparamos un
par de cubatas y follamos de una manera más salvaje y premeditada
dejando los problemas fuera del dormitorio.
- - - - - - -
La siguiente semana
santa regresé al apartamento, unos días antes nos habíamos
puesto de nuevo en contacto y acordamos volver a vernos.
El día
fijado cruzó mi puerta sonriendo, pero era una mueca nerviosa, a pesar
de la "confianza" tardó varios minutos en relajarse. Saqué un par de
cervezas y nos pusimos un poco al día de lo acontecido en los últimos
doce meses.
Confesó haber estado saliendo bastante con un chico, que
sí, que se lo pasaba más o menos bien y era agradable... pero que no
terminaba de convencerle el asunto.
Empezamos a liarnos en el
sofá y de ahí fuimos a la cama. Todo fue tan bien como recordaba, casi
había olvidado su particular gracia cuando decía cochinadas al oido con
ese acusado acento del sur...
Mientras nos vestíamos retomó el
tema del chico con el que había salido, añadió que lo habían dejado
definitivamente unas semanas atrás, que le había dado pena cómo se
dieron las cosas pero que sin duda era lo mejor.
Bajando las
escaleras y camino de su coche lamentó su mala suerte en el amor, la
sucesión de hombres equivocados que la habían engañado y chuleado a lo
largo de su vida.
Antes de abrir la puerta del vehículo me miró con
ojos casi llorosos y me dijo: "Rific, yo ya no estoy para rollos... solo
quiero encontrar a alguien que me quiera, que me quiera de verdad".
Me abrazó con fuerza, un abrazo largo. Nos dimos un beso y se fue.
- - - - - - -
Yo
podré ser muchas cosas, de hecho reconozco haber pecado no pocas veces
de insensible... pero la situación de aquella chica y su alegato final
lograron afectarme.
Apenas desapareció su coche al final de la calle
decidí que jamás volvería a quedar con ella. Me resultó demasiado
evidente el "fracaso" (y consiguiente desasosiego) que le supuso venir a
verme, no niego que le pareciera una buena idea sobre el papel pero
todo aquello que sucedió en el apartamento quedaba a mil años luz de sus
ideas, anhelos y convicciones.
Tomé esa decisión porque ella, desde nuestra
primera charla en el supermercado, me demostró ser una buenísima
persona. En cierta manera, se lo debía.
Para el siguiente año deseé que se centrase en conseguir su objetivo amoroso y prometí no interferir con mis cantos de sirena.
Doce
meses después me escribió y deslizó la idea de volver a vernos, pero
cumplí mi promesa. Ya hace bastante que no sé nada de ella, me gustaría
pensar que habrá encontrado a ese alguien que la quiera.
Yo por mi
parte, me limito a sonreir cada vez que regreso a aquel supermercado y
pillo un cartón de leche semidesnatada en el pasillo exacto donde la
abordé... y es que las ofertas están para aprovecharlas.
Hace casi dos años que no nos vemos y apenas nos escribimos, tan solo
mensajes de cortesía en fechas señaladas (cumpleaños, navidades) o
breves conversaciones acerca del par de aficiones que compartimos,
cuando éstas se convierten en noticia.
Todo empezó
seis años atrás y tenemos una relación peculiar. Nos conocimos de fiesta
en una ciudad neutral, esa misma noche acabamos follando y desde
entonces solo nos hemos visto otras cinco ocasiones: un par de veces que
vino a mi ciudad y quedamos, otra que coincidimos de nuevo (sin haberlo
planeado) en otra ciudad extraña por un concierto... y otra que fuimos
juntos (a propósito) a ver a un grupo de moda en su multitudinaria
actuación de aquel verano en la capital de Galicia.
Mi recuerdo del concierto es maravilloso, el de su compañía a lo largo de aquel par de días... no tanto.
Nunca
habíamos pasado juntos más de unas pocas horas y cuando el finde
terminó me arrepentí de no haber quedado "exclusivamente" para el
concierto: los tiempos muertos con ella (las esperas, las comidas, los
trayectos) se me hicieron eternos y por momentos incómodos.
El sexo tampoco fue nada especial, un puro trámite.
Cuando
nos despedimos respiré aliviado y sin ganas de repetir, pero el paso
del tiempo es traicionero y te hace olvidar ciertas cosas, a mí al menos
me suele pasar.
- - - - -
He
pillado entrada a última hora para ver a uno de mis grupos favoritos en
Madrid, también es uno de los suyos así que le escribo un mensaje de
cortesía anunciándole mi gran suerte...
ella me contesta que también tiene entrada para ese mismo concierto, que
aún no ha preparado nada del viaje a la capi pero ya que también voy,
le gustaría quedar conmigo.
La memoria
es traicionera sí, pero no tanto. No recuerdo los detalles pero sí sé
que no puedo estar más de X horas a su lado sin desesperarme... ella me
propone ir al concierto y pasar la noche juntos. Hago mis cálculos
acerca de la hora de llegada a Madrid, la cola del concierto, el show...
y salir pitando pronto por la mañana (cosa que ella también quiere
hacer).
Creo que puedo soportarlo.
Total, tenía pensado ir solo... ahora compartiría gastos de habitación,
me iría de cañas después del concierto y tendría un poco de sexo. Sí,
ciertamente soportable.
- - - - -
Llego
a Madrid a media tarde, apurando... comienza a diluviar, hemos quedado
en el hostal para dejar mi mochila antes de ir al Palacio de los
Deportes. Ella lleva varias horas en la ciudad, ha quedado para comer
con una amiga pero me esperará en la recepción.
Nada más vernos el flashback es brutal.
Dejo
la mochila sobre la cama y conversamos un poco... no recordaba lo
cansina que podía llegar a ser. No tardo en llegar a la conclusión de
que todo ésto es una mala idea, no me apetece acercarme a ella, besarla,
hacerle nada.
La habitación tiene dos camas y
ella se apresura a decir que tiene un problema lumbar y prefiere que
cada uno durmamos en una (¡bien!), fuera sigue diluviando y propone que
nos quedemos allí un ratito descansando antes del concierto, me tumbo en
una de las camas y ella la invade, acostándose a mi lado... "tengo una
mala noticia -susurra con gesto de pena- aún estoy con restos de la
regla así que no podremos hacerlo"
¡No puedo
creer mi buena mala suerte! Finjo fastidio, me muestro comprensivo, ella
por lo visto lo encuentra encantador y me besa... cinco minutos después
me hace una mamada.
- - - - -
Entramos
en el Palacio de los Deportes y sí, vemos el concierto juntos pero
apenas hablamos. Acaba más pronto de lo esperado y descubro con rabia
que me habría dado tiempo a pillar el último bus de vuelta a mi tierra.
Salimos
y nos vamos de bares, procuro alargar todo lo posible el momento del
regreso al hostal, ella pide cañas y yo jarras... sigo en una nube tras
el concierto, ni siquiera las tonterías que me cuenta podrán bajarme de
ella, la cerveza es el mejor catalizador; regresamos a la habitación a
las cuatro y media, sin tocarla un pelo me meto en mi cama y pierdo el
sentido tarareando uno de los bises.
- - - - - -
Noto
un peso a mi lado, los rayos de luz procedentes de la ventana hacen el
resto: ella está echada a mi lado y me susurra al oído "¡Buenos días!
Espero que no tengas demasiada resaca, vengo del cuarto de baño y he
comprobado que no mancho... ¡podemos hacerlo antes de irnos!"
"Sí, me encuentro bastante bien -miento- cuándo, es decir... te refieres a... ¿ahora?"
Abro
un ojo y compruebo que está desnuda, aparta mis sábanas y me quita las
únicas dos prendas que llevo puestas... empieza a tocarme la entrepierna
mientras busco el reloj, no disponemos de demasiado tiempo para
tonterías... me giro y entro en ella como buenamente puedo, mi cabeza a
punto de estallar, mi lengua de trapo, me concentro en la salida del
cantante al escenario la noche anterior, ¿cómo habría lidiado él con
esta situación? "Cállate y folla", habría dicho. Aprieto los dientes y
obedezco a mis fantasmas.
Termino relativamente rápido pero a ella no le importa. Nos duchamos por separado, yo primero.
Cuando ella sale de la suya envuelta en la toalla me pilla completamente vestido y con la mochila lista.
"¿Te da tiempo a venir un rato conmigo al rastro o desyunar?", pregunta.
"Ya
sabes que tengo un poco de prisa, mi autobús sale en apenas una hora,
voy a pillar el metro ya si no te importa...", contesto.
Nuestra
relación es demasiado racional, conveniente y funcional. No le parece
mal que me vaya. Se abre la toalla y se acerca, rodeándome con ella me
da un largo beso, tan húmedo como el contacto de su cuerpo.
Cierro
la puerta de la habitación y voy a la parada de metro más cercana, el
modo aleatorio de mi MP4 reproduce "Canned Heat" de Jamiroquai y
mientras subo al vagón no puedo imaginar una canción más apropiada para
rematar mi tocata y fuga madrileña. Me entran unas ganas locas de bailar...
La ciudad de Sonia
estaba a una hora de tren de distancia, nos habíamos conocido a través
de Internet y fui a visitarla tres gélidos findes de otoño que a la
postre resultaron ciertamente tórridos. El último de ellos el del puente
de la Constitución, a principios de diciembre.
La
víspera del día de Reyes yo estaba viendo un partido de fútbol con unos
amigos en un bar, Sonia comenzó a escribirme mensajes preguntando por
las fiestas y bueno... una cosa llevó a la otra y decidimos quedar para
pasar juntos el día siguiente. Ella vivía sola en su ciudad así que
sería yo quien se desplazase en el primer tren disponible.
La
mañana de Reyes la calle amanece desierta y casi todo está cerrado...
camino de la estación pensé en lo torpe que resultaría presentarme en
casa de Sonia (en fecha tan señalada) con las manos vacías, así que me
detuve en un quiosco (lo único que vi abierto) y entre los
coleccionables vi una oferta de lanzamiento de una serie de novela
histórica: "Sinuhé el Egipcio", edición cartoné por 3'95€.
Si
la memoria no me fallaba a Sonia le gustaba leer, también creo que
mencionó algo acerca de visitar Egipto algún día... sin más dilación
compré el libro, ya tenía "regalo".
Antes de entrar en la estación me crucé con los padres de un amigo, me preguntaron dónde iba tan pronto... mentí.
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Llegué
a mediodía, Sonia me fue a recoger a la estación, empezamos a meternos
mano en su cochera, pusimos a prueba la estabilidad del ascensor, ya en
la casa estuvimos follando hasta la hora de comer... encargamos comida
china y seguimos follando, Sonia amagó con poner un dvd en el salón y
verlo tranquilos con "la mantita" pero no funcionó, dejamos de prestar
atención a la peli pasados quince eternos minutos...
De repente me acordé del libro, aún no se lo había dado... recuerdo levantarme desnudo de su sofá, ir por él y dárselo.
Puso
cara de sorpresa, por un lado positiva ya que no esperaba nada de mi...
pero desde luego no fue un obsequio que le hiciera particular ilusión.
Me
pidió que escribiera una dedicatoria en la primera página y agarré el
bolígrafo que gentilmente me acercó: "Gracias eternas por la
hospitalidad de su Pirámide. Faraónicamente suyo. Rific"
"¿Sabes?
Yo también tengo algo para ti", contraatacó... se levantó igualmente
desnuda y al minuto regresó con un ejemplar (envuelto en plástico
transparente, empaquetado) del Quijote.
"Nos los han traído
este año al cole y tenemos un montón, es una edición que por lo visto
imita a la original en algunas ilustraciones, y está comentada por
nosequién... ¿te gusta?", preguntó, tapándose con la manta.
"¡Me encanta!", mentí.
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Pillé
el último tren de vuelta a mi ciudad a las siete de la tarde, recuerdo
nuestros últimos besos en el andén de la estación, también lo mucho que
pesaba el condenado ejemplar del Quijote.
Casualidades
de la vida nada más llegar a mi tierra me volví a cruzar por la calle
con los padres de mi amigo: "¡No paras eh!", me dijo la madre...
"¡No se hace usted una idea!", contesté.
Jamás
volví a quedar con Sonia, estuvimos a punto de hacerlo en Abril de
aquel año pero no salió adelante. Aún conservo ese libro envuelto en su
plástico original, impregnado con nuestras pecadoras huellas...
Apostaría parte del dinero que no tengo a que ella tampoco se ha leído mi "Sinuhé".
Alguna vez me he relacionado con chicas que tenían pareja aunque no siempre he estado al tanto de dicha circunstancia.
EN LA MAYORÍA DE LOS CASOS eran gente que sabían
perfectamente lo que hacían y "pecaban" alegremente y con todas las
consecuencias... pero a veces ciertos ataques de inoportuna moralidad (o
extraña melancolía) convirtieron las experiencias en algo delirante,
casi ridículo.
Hay "adúlteras" que al poco rato de poner la maquinaria en
marcha se arrepienten (¡dios mío pero qué estoy haciendo, esto no puede
ser!) y salen (literalmente) corriendo.
Otras disparan con silenciador: 1) Te besan o hacen de todo pero no follan. 2) Otras te follan pero ni se te ocurra besarles en la boca.
Ambas cosas me han sucedido. En el primer caso las razones/excusas que
me pusieron fueron que "no se fiaban y tenían miedo de pillar y luego
traspasar a su marido algún bichito difícil de explicar"... "que esa
parte de su vida sexual quedaba reservada para su chico, mientras que
del resto podría disponer a mi antojo"... "que con otro amante que tuvo
se les rompió el condón y no estaba dispuesta a volver a pasar por
aquello"
Lo segundo me sucedió dos veces. La primera fue impresionante
porque pasamos una noche entera follando (de hecho fue idea suya, me
llamó exprésamente para eso) pero solo le faltó ponerse un bozal... el
par de veces que instintivamente busqué su boca me esquivó con felina astucia.
No fue algo con lo que me sintiera especialmente cómodo pero obtuve
cierta mezquina "venganza" al observar como ella fue incapaz de
disfrutar la mayoría de los polvos por estar tan tensa y alerta para
evitar ser besada.
Cuánto daño hizo "Pretty Woman" a toda una generación...
La otra chica lo había dejado recientemente con su pareja y
apenas me dejó besarla una vez en la boca. Ahora que lo pienso aquel
"robo" fue toda una hazaña por mi parte ya que no se me permitió
repitirlo. A la chica en cuestión le sirvió para encenderse y decidir
llevarme a su casa, pero insistió en que una vez allí no la besara más
en la boca ni le acariciara las tetas.
Me soltó un rollo larguísimo acerca de lo mal que estaba
llevando su separación, lo mucho que echaba de menos a su chico y las
ganas que tenía de volver con él... eso según ella justificaba su falta
de ganas de besar a nadie en la boca de manera tan íntima. Lo de las
tetas era porque según ella eran muy feas, no le gustaban, etc.
Bajo mi modesta opinión en ambas cosas estaba equivocada.
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Y es que hay chicas que para lo que es el caso da igual que tengan
pareja o que lo hayan dejado hace poco... que sigan enamoradas de su ex o
le odien a muerte... sus reacciones en la intimidad a pesar de estar
libres de compromiso pueden llegar a equipararse con aquellas propias de
las adúlteras poco convencidas.
Alguna vez en medio de algún rollo se me han puesto a (literalmente) llorar por cualquiera de esos cuatro motivos.
Sí, súbitamente y a moco tendido... creedme, no hay nada más ridículo
que tener que consolar emocionalmente a alguien (o dar palmaditas en la
espalda) llevando una erección a cuestas.
Semejante rigidez es como la bomba atómica (pura kryptonita) para cualquier tipo de empatía...
Una de las lloronas arrepentidas una vez, durante su "monólogo redentor"
me mostró (entre lágrimas) el móvil con una foto de su hija pequeña...
estiró el brazo poniéndome casi la pantalla en la cara, como esas madres
de víctimas que desafían a asesinos a la salida de un juzgado.
En aquella ocasión se invirtió la estadística y quien salió corriendo fui yo.
Me temo que lo peor en las relaciones no es ser infiel, sino ser gilipollas.
Desde que hicieron reformas en la planta de garaje de mi edificio
(lo pintaron de un blanco brillante y añadieron iluminación extra) dejó
de ser mi lugar predilecto para bajar con alguien a guarrear un rato de
madrugada en aquellos fines de semana que la suerte estuviera de cara.
Pero a rey muerto rey puesto, en su lugar me decanté por otro rinconcito del edificio tan discreto como (a la vez) arriesgado.
En
la última planta, hasta donde llega el ascensor, aparte del par de
puertas de los respectivos pisos hay unas escaleras que conducen a un
nivel superior... allí hay un par de puertas de trasteros y otra
(cerrada siempre con llave) que supuestamente va a dar a la azotea.
Es un espacio cerrado de apenas tres por cuatro metros.
¿Inconvenientes?
-
Hay que subir en un ruidoso ascensor hasta la última planta, la
inquilina de uno de esos pisos es una mujer que se acuesta tardísimo y
además es bastante cotilla, siempre hay riesgo de que aunque sean las
tres o cuatro de la madrugada oiga el ruido del ascensor e investigue a
través de la mirilla...
- En caso de que alguien de
repente (por la razón que fuera) decidiera subir a ese lugar no hay
escapatoria posible, solo está el mencionado tramo de escaleras.
- El riesgo de encontrarte con cualquier vecino no solo arriba, sino simplemente abajo en el patio o portal, antes de subir...
-
Estando tan cerca del resto de vecinos es fundamental no hacer ruido de
ningún tipo, ni subiendo, ni follando... sexo con sordina.
¿Ventajas?
- El morbo.
-
La penumbra del rincón. Facilita un magreo prácticamente a oscuras
salvo las noches de luna llena que se cuela hasta allí a través de una
ventana del tramo inferior de las escaleras, iluminando la zona de un
modo ciertamente interesante.
Las reglas más básicas
de "seguridad" para pasar desapercibido rara vez se observan a la
perfección, mucho menos a ciertas horas y con alguna copita de más.
Alguna
chica que ha subido ya empezó a descojonarse en pleno portal, otras lo hicieron
(qué oportunas) pasando justo delante del piso de la cotilla, otras se
han tropezado con alguna maceta del descansillo, otras han tenido que
quitarse los tacones para no despertar a todo el vecindario... que no me
hayan pillado (o denunciado aún) es casi milagroso.
- - - - - - - - - - - -
El
incidente más curioso que he vivido en ese estratégico punto tuvo lugar
un sábado noche a eso de las dos y media de la madrugada.
En
pleno calentón en un bar cercano a mi casa convencí a una chica para
subir conmigo al escondite secreto... ya iba algo "contentilla" y era de
esas personas que no saben hablar bajo, todo un desafío.
Entre
el patio, el portal y el ascensor, si no me llevé quince veces el dedo
índice a la boca susurrando "shhh" no lo hice ninguna... en el último
piso cuando salimos del ascensor ella ya llevaba la mano en la boca pero
resoplando una media carcajada.
Por "suerte" sus
bufidos quedaron ahogados por el ruido de música procedente del piso
situado en frente de la vecina cotilla, un piso habitualmente ocupado
por estudiantes que esa noche se ve que celebraban una fiesta... me
gustaría pensar que el gritito que mi amiga soltó al tropezar con el
tercer escalón del último tramo también pasó desapercibido.
"¿Pero
qué coño pasa ahí abajo?", me preguntó tras haber coronado la
esquina... le susurré lo del piso de estudiantes sobre una lejana base
musical de Black Eyed Peas, David Guetta y Rihanna.
Le
expliqué que tendría que ser algo no solo silencioso sino también
rápido, que como alguien se quejase de la fiesta y montaran jaleo abajo a
ver cómo salíamos de ahi...
Ella me decía que sí a todo para que me callara,
comenzamos a desbotonarnos y un minuto después estabamos semidesnudos,
frotándonos, metiéndonos mano, comiéndonos... y finalmente follando de
pie con ella mirando a la pared y yo agarrándola por detrás.
Por
lo menos tuvieron el detalle de dejarnos "acabar", justo unos segundos
después del clímax (estando aún dentro de ella), los estudiantes
abrieron la puerta del piso y la música tronó todo el descansillo. Uno
tras otro fueron desfilando lentamente hacia el ascensor, hablando,
encendiendo cigarrillos, chocando vidrios...
Mi amiga se puso tensa, tapé su boca con la mano y nuevamente me llevé el índice al rostro, "shhh".
No
debíamos hacer ningún ruido, ni siquiera el de subirnos los pantalones,
el simple sonido de mi cinturón nos delataría, había que permanecer tal
cual, semidesnudos, pegados, inmóviles y "amordazados".
"Tranquila,
pasará enseguida, se irán en un momento y podremos marcharnos", susurré
a su oido, iluminado por la pantalla del móvil, acompañado de no poca
mímica... pero en el fondo pensaba: "por favor que no le dé a ninguno de
estos crios mamados por salir de la casa y hacer la tontería de subir
las escaleras para ver qué hay... o para mear, fumar, meterse..."
La sucesión de gente y el jaleo no parecía tener fin,
necesitaron varios viajes en ascensor para evacuar a toda la tropa, la
música seguía sonando, la vecina cotilla fijo que estaría despierta
controlando el desalojo desde la mirilla... hubo un momento que me
pareció oir una voz demasiado cercana, apenas en el límite del recodo
que nos protegía... a mi amiga a esas alturas de la peli le entró una
risa nerviosa que tuve que sellar con la palma de la mano sobre su boca, parecía la víctima de un rapto... finalmente la música dejó de sonar y la
puerta se cerró, los Últimos de Filipinas entraban en el ascensor y unos
segundos después reinó el silencio de nuevo.
Mi amiga
se apresuró a vestirse, todavía con la risa floja... yo aún con los
pantalones por los tobillos le propuse aprovechar la (ahora sí) calma
total para acometer un segundo asalto (confieso que el incidente acabó excitándome), pero por más que lo intenté su
respuesta fue negativa.
"Ha estado bien, no te lo niego -me dijo
cinco minutos después, ya saliendo del edificio- pero no me vuelvas a
meter en un lío de estos... ¡casi nos pillan! Es que... ¿Si nos hubieran cazado
qué habrías hecho?"
"Pues me hubiera subido los
pantalones y habría empezado a hablar sin parar, preguntándoles qué tal
la fiesta, si habían visto antes el partido de La Sexta, que menudo golazo de
Messi, que si tenía alguien un cigarrillo porque me he quedado sin
tabaco, que vaya putada ponerse a llover de repente a estas alturas de
año... y en lo que se hubieran dado cuenta ya estaríamos con dos o tres
de ellos bajando en el ascensor, les diríamos adiós en el portal y aquí
paz y después gloria", contesté.
Mi amiga torció el gesto: "¿Estarás de coña no? Lo que me faltaba...", dijo.
"Claro mujer, es broma", mentí.
- - - - - - - - - - - -
Un
par de días después mi padre y yo nos deshicimos de la vieja bicicleta
estática, en vez de tirarla al contenedor la subimos a ese rincón (fue
idea suya, que conste) del edificio... "Aquí no molesta a nadie y si te
apetece volver a cogerla cualquier día la tienes a mano para bajarla de
nuevo a casa", comentó, después de que la soltásemos y la colocase
contra la pared.
Mi padre bajó las escaleras de vuelta
aliviado por tener un trasto menos y haber ganado espacio en la casa;
yo entusiasmado porque con la bici allí arriba ya tendría perchero donde
poder dejar abrigos y demás ropa, en vez del puto suelo.
Cuando
conocí a Jara tuve la sensación de que el hecho de que tuviera novio no
sería un impedimento insalvable a la hora de liarme con ella... y
acerté.
Sus temas favoritos de conversación eran (por este orden): el
sexo, las chorradas que le enviaban a través de diversas redes sociales,
lo mucho que se aburría tras casi cinco años con su chico y sus ganas
de añadir un toque de pimienta a su rutinaria existencia.
Algo
me decía que acabaríamos quedando algún día a escondidas, lo que ni de
lejos llegué a imaginar fueron las descacharrantes circunstancias de la
cita.
Una tarde después de comer me confesó estar especialmente
receptiva, que estaría un rato sola, que podría ir a verla... por
desgracia yo solo disponía de poco más de media hora escasa pero vivíamos cerca y
ella mantuvo la oferta, me dijo el nombre de unacalle cercana y el
número del portal: "te espero ahí abajo en la puerta del edificio dentro
de diez minutos", me escribió antes de despedirse.
Salí pitando.
- - - - - - - - - - -
Cuando
llegué a la calle fui siguiendo los números de los portales y de
repente la vi, pero no estaba en el número que me dijo, sino junto a la
puerta de un Centro de Estética justo al lado de ese número.
Sonrió al verme y metiendo las llaves en la puerta del local me dijo: "pasa".
No
encendió las luces pero se veía bastante bien, la entrada parecía una
peluquería normal con sus espejos, aparatos, carteles fashion, revistas y
sillones... pero girando al fondo llegamos a una esquina ocupada por
una camilla de masajes, una mesita y un par de sillas. Tan entrañable
rincón tenía un amplio ventanal que daba a un patio cerrado de aspecto
bastante abandonado.
Pregunté a Jara qué
clase de lugar era aquel para vernos, que pensé que nos veríamos en su
casa... me explicó que ese centro de estética era de su novio y su
cuñada, que ella tenía las llaves porque a veces iba a echar una mano...
"vivo aqui al ladito pero hoy no tengo sitio así que podemos usar
esto... si se enteran que estamos aquí mi novio me mata -pausa dramática
antes de recalcar nuevamente- ME MATA"
El caso es que ahí estábamos los dos en la esquina de la
camilla de masajes, ella se quitó las sandalias y corrió detrás de mi
una cortina que supuestamente impediría que el reflejo de lo que allí
hicieramos diera a la calle.
"¿Sabes? -dijo mientras nos agarrábamos para darnos el primer beso- me gustas mucho, podríamos ser amantes tú y yo..."
Pocos
segundos después estábamos desnudos metiendonos mano a saco, ella me
agarraba el trasero y la espalda clavándome las uñas con mucha fuerza,
cuando le dije que tuviera más cuidado (tengo la piel muy delicada) ella
se rió y mordiéndose el labio susurró que si tenía miedo de que mi
novia viera las marcas... yo insistí en que no tenía novia pero ella al
parecer no se lo creía, o no se lo quería creer, quizás así justificaba
mejor su infidelidad cometiéndola con alguien a su vez salpicado por la
misma falta... "sí, eso es, ¿qué haría tu novia si te ve estas marcas?
Seguro que te mata eh..."
En el frenesí del magreo di un paso atrás, noté que me
hundía en la cortinilla situada a mi espalda... Jara me agarró de los
brazos y tiró de mi, "no asomes más allá de la cortina que en la calle
podrían verte el culo... como se entere alguien me matan"
Los siguientes cinco minutos los dedicamos a darnos
placer oral por turnos sobre la camilla de masajes, un mueble de lo más
cómodo para tales menesteres... pero la situación comenzaba a superarme:
sonó un par de veces el teléfono del centro de estética (Jara insistió
en que no nos preocupásemos, que supuestamente el local estaba cerrado a
esas horas y nadie debería atender las llamadas)... la cortinilla cada
vez me parecía más transparente... imaginé que en el patio que teníamos
justo delante pudiera aparecer de repente una señora con un cesto de
ropa dispuesta a tenderla... y tanta amenaza de muerte, uff, no me
gustaría morir (sobre todo teniendo tan poco pelo) en una puta
peluquería.
Me tumbó boca arriba en la camilla y se subió encima,
comenzó a morderme el pezón derecho y a clavar sus dientes alrededor del
pecho... nuevamente le pedí que fuera más delicada pero ella seguía en
su realidad alternativa: "a mí tú no me vas a dar órdenes eh -guiñó el
ojo- tienes miedo de que tu novia vea estos mordiscos eh... ¿qué haría
ella si los viera? ¿Eh?"
Mientras follábamos me clavó las uñas en el costado, le
aparté los brazos de un manotazo y la sujeté por las muñecas... "me
gustas ¿sabes? ¿Quieres ser mi amante?", pregunta entre jadeos.
Contesto que sí, que por supuesto... ¿qué otra cosa puedo decir estando dentro de ella y jugando en campo contrario?
Tras
llegar al clímax nos levantamos de la camilla, ella se puso el vestido
(sin nada más debajo) y fue por un trapo, una bolsita para q tirara el
condón y una fregona.
Entregué la goma y observé como ella
acicalaba el profanado rincón mientras me limpìaba la entrepierna con
un pañuelo de papel... "no podemos dejar ningún rastro, aquí no ha
pasado nada... como vean algo raro me matan", añadió tan sonriente como
amenazadora.
Mientras me vestía me preguntó
dónde iba ahora tan apresurado, le dije que tenía trabajo... "Mira que
eres mentiroso -comentó- vas con tu novia y no me lo quieres decir...
tranquilo que no pasa nada, jaja".
Mi desasosiego en
aquel lugar seguía intacto pero procuré que no se notase demasiado
mientras nos despedíamos efusivamente... "Quiero volver a verte, toda
esta semana podríamos venir aquí sobre esta hora si puedes", me dijo
guiñando un ojo.
"Por supuesto, ya lo concretaremos por el messenger", contesté.
Sonó
nuevamente el teléfono, Jara se llevó un dedo a los labios pidiéndome
silencio, señaló la puerta de entrada y me animó con un gesto a salir
ya... me despedí con la mano y ella volvió a guiñarme el ojo en lo que
descolgaba el teléfono. Salí a la calle y cerré la puerta con sumo
cuidado.
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Diez
minutos después llegué a casa y caí en la cuenta de un detalle. Me
conecté por si pillaba a Jara para decírselo. Tuve suerte, allí estaba.
"¡Hola guapo!", saludó ella al verme asomar añadiendo iconos sonrientes...
"Hola Jara, ¿sigues en el centro de estética?", pregunté.
"No, ya no... ¿por?"
"Es
que llegando a casa me he dado cuenta de que el pañuelo de papel con
que me limpié antes de vestirme igual lo he dejado sobre una de las
mesitas al lado de la camilla de masaje... no estoy seguro pero juraría
que sí"
"Queeeee??? Jodeeeerrrrrrrr", contestó.
"Pues eso, te lo digo para que vayas y eches un vistazo..."
"Tiooooo", interrumpió.
No hablamos más, me
despedí porque en contra de lo que la calenturienta mente de Jara
pudiera pensar sí que tenìa un trabajito que hacer a esa hora.
Antes de salir me quité la camiseta delante del espejo y comprobé que tenía medio torso abrasado por sus garras y colmillos... menuda bestia.
Cuando regresé a casa por la noche la vi conectada y saludé. No me contestó y dos minutos después desapareció.
Al día siguiente se repitió la jugada, nada más conectarme observé que ella desaparecía de inmediato.
Estoy distraido viendo el DVD de
"Up in the air" que recientemente conseguí a través de la edición
dominical de un periódico. Cuando acaba miro el móvil y descubro un
inesperado sms de Catalina: "Stoy en tu ciudad hasta mañana, x la mañana
stas operativo para tomar algo? No tengo wifi"
"Así es como suele empezar todo", pienso.
Lee entre líneas y acertarás.
No
veo a Catalina desde una escapada madrileña en enero que tuvimos que
pasar la noche juntos. Sí, follamos, pero había camas separadas y cada
uno durmió en la suya... con eso está dicho todo.
¿Complicaciones? Sobre todo tres:
- tengo un compromiso laboral por la mañana y ando MUY pillado de tiempo.
- no sé si me apetece ver a Catalina.
- esta
noche es el tercer partido de la final de la NBA entre Miami y San
Antonio y pienso verlo en directo a las tres de la madrugada... mañana
estaré poco despejado para ciertas cosas...
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Llamo a
Catalina a las once de la noche, si de casualidad anda por ahí y le
apetece quedar ahora mejor que mejor, pero no me contesta... pruebo de
nuevo a las once y media, silencio.
Me acuesto a las 0:00, el despertador suena a las 2:53. Me choco con las
paredes por el pasillo camino del salón, suena el himno estadounidense,
me preparo el primer colacao de la madrugada, enciendo el móvil y tengo
otro sms: "acabo salir del cine. Magneto es diosss!!! jajaja. Ahora a
dormir"
Entre canastas, rebotes y anuncios del Taco Bell estudio las opciones de mañana...
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Me
acuesto a las 6, me levanto a las 8:35, salto a la ducha y mientras
preparo el desayuno adelanto mi compromiso laboral y quedo con Catalina a
las 12:30.
Nada más verla recuerdo mi sensación durante la despedida madrileña, lo que entonces fue alivio ahora es zozobra.
Me
pide que la acompañe a la estación de tren para sacar su billete de
vuelta a casa, la operación nos retiene en una pesada cola hasta la una
del mediodía... "aún no he desayunado, ¿vamos a tomar algo?", dice.
Pasamos delante de un bar al que fuimos una vez hace años
cuando nos conocimos, yo no me acordaba de la anécdota pero ella sí:
por lo visto ella tenía que pillar de madrugada un bus para su ciudad y
gracias a que la acompañé a la estación (y hablé con el chófer)
consiguió subir a bordo... si me hubieran preguntado a mí habría dicho
que nos dijimos adios en la puerta de aquel bar pero mira de lo que
acaba enterándose uno.
Pedimos su desayuno (para mi un café largo negro americano y un pincho de tortilla) a las 13:30.
Viene
de pasar unos días de vacaciones en Cataluña y se lo ha pasado genial,
me cuenta algunas anécdotas curiosas y yo le pongo al día con mis
novedades... tengo demasiado sueño, todo sucede como a cámara lenta.
Miro el reloj, a las tres de la tarde tengo que ponerme de nuevo en
marcha para currar, antes debería comer algo más consistente que ese pincho, se me está echando el
tiempo encima. Me cuenta que el mes pasado ha fallecido un tío suyo,
suspira y apretando el puño dice que "la vida hay que vivirla"...
aprovecho lo apropiado de la línea para inclinarme y decirle que esta
mañana estoy solo en casa, que si le apetece podríamos subir un rato y
"vivir la vida" tomando allí la siguiente.
Acepta sin pestañear, incorporándose del taburete a toda velocidad. Leer entre líneas...
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Entramos
en mi casa, deja su mochila en el pasillo, me pide agua fría así que
entramos en la cocina y nos servimos sendos vasos... está muy sofocada,
me dice que tiene muchísimo calor y comento que hace la temperatura
perfecta para quitarse la ropa.
Doy un paso al frente y ella me besa. Nunca me he podido
acostumbrar a su manera de besar, saca la lengua a pasear fuera de la
boca y te acribilla a lametazos... la empujo hacia el dormitorio y allí
me pide que ponga música, saco un CD que a ella le gusta y nos
desvestimos.
"No tenemos demasiado tiempo", digo curándome en salud pensando ya en la despedida antes de metérsela siquiera.
Estamos
desnudos y naturalmente me excito, había olvidado sus extraños besos
pero recuerdo perfectamente el mal sabor de su sexo así que esta vez ni
hago intención de probarlo.
Ella grita bastante y el cabecero de la cama se golpea
violéntamente contra la pared, estiro el brazo (sin salir de ella) hacia
la mesita de noche para alcanzar el mando a distancia y subo el sonido
de la música en la minicadena...
De repente caigo en que anoche mi último pensamiento antes
de acostarme fue que tendría guasa si al día siguiente Catalina
estuviera ahí mismo conmigo follando... pero no consigo evadirme del
todo así que no tardo demasiado en correrme. Ella me recrimina haber
terminado antes que ella, yo me incorporo y canto el estribillo del
tercer corte del CD que retumba en mi cuarto.
Nos recostamos, miro el reloj de la mesita de noche y
pienso que hay tiempo para echar otro... pero pasan los minutos y la
puta naturaleza a veces es demasiado sabia. Mi mente y mi polla se
alinean en un perfecto eclipse poniéndose de acuerdo en dar la fiesta
por terminada. Hagámoslo oficial: Catalina no me gusta.
Diez minutos después estamos vestidos y salimos de casa.
Yo me piro al supermercado a comprar una baguette y ella va al encuentro
de su prima para comer juntas antes de pillar el tren a casa.
Me dice adiós risueña.
Son las 14:40 y apenas tengo tiempo
antes de regresar al curro, pero nunca me ha importado comer rápido de
bocadillo... si es por una buena causa.
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Al mediodía siguiente recibo un inquietante mensaje de
Catalina: "Somos lo suficientemente maduros y sensatos como para
mentirnos a estas alturas, verdad? Solo quería saber si serías capaz de
hacerme alguna putada?No pregunto con segundas, tranquilo, tiene una
explicación"
Contesto que no, que no le haría ninguna
putada pero me gustaría saber a qué se refiere exactamente. Su relato no tiene desperdicio.
"Es que parece que la
gente está perdiendo los papeles con los móviles y cámaras, webcams...y
al ir a tu casa me agobié un poco, no deja de ser tu espacio y tú lo
controlas"
Contesto que lamento que se sintiera
intranquila, que imagino que habrá tenido una mala experiencia al
respecto recientemente... y me contesta que sí, que algo le ha pasado
pero que por suerte la cosa no llegó a mayores, aunque le hizo mucho
daño.
"Nos conocemos desde hace tiempo y creo que hay confianza, ¿no?", añade.
"¿Entonces no se trataba de ninguna proposición para que en caso de vernos de nuevo grabar un vídeo casero?", contesto procurando quitar hierro a la conversación, carita sonriente al final de la frase.
"No, no, ni de broma!!!", concluye.
Lo
que son las cosas, yo pensaba que estaba dando vueltas a la brevedad de
nuestro revolcón y su miedo (infundado) era que la pudiera haber grabado
en la intimidad.
Leer entre líneas es lo que tiene.