Hace unos cuantos años dicho finde fue especialmente gélido: un frente de origen polar se ensañó con la región y las temperaturas mínimas igualaron nosequé record negativo registrado en la primera mitad del Siglo XX...
Aquel fin de semana en particular lo recuerdo porque quedé con cierta chica que consiguió poner a prueba mi (dudosa) tolerancia a las adversidades climatológicas.

A la tercera cerveza me contó que habían ingresado recientemente a su tía/abuela en una residencia de ancianos y que había conseguido las llaves del piso de la pobre mujer, ahora vacío... para hacer noche allí y no tener que regresar al pueblo de madrugada.
"Podrías venirte a dormir conmigo esta noche, si quieres..." dijo, acariciándome la mano.
Mi rostro debió iluminarse ya que en las citas anteriores jamás habíamos pasado de besarnos y magrearnos en plan light, con lo que de repente la noche cobraba una dimensión de lo más prometedora...
"Claro que quiero, de hecho... -dije, citando a Don Corleone- con la que está cayendo ahí fuera, me parece una de esas ofertas que no se pueden rechazar..."
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Subiendo en el ascensor me explicó que había un pequeño problemilla en esa casa: "estaremos sin calefacción ni agua caliente (la familia ha dado de baja todo eso) así que no te asustes si ves que hace un pelín de frío", comentó...
Resté importancia a la noticia y con tono jocoso le pregunté si por un casual sólo me invitaba para hacerle de bolsadeaguacalientehumana en la cama, a lo que ella contestó (agarrándome la entrepierna) que no, que la bolsa esa ya la tenía, que mis servicios (aunque también relacionados con el calentamiento) serían de otra índole...
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El caso es que no mentía, dentro de la casa hacía bastante frío... y sí, ya tenía una bolsa de agua caliente: en lo que yo recopilaba todas las mantas (y similares) de la casa para echarlas sobre la cama ella estuvo calentando a tope en el microondas varias tazas de agua para luego verterlas dentro de la citada bolsa.
Ya en el dormitorio, antes de acostarnos, me puse a cantar "these boots are made for walking" en lo que ella se desabrochaba las botas altas negras que llevaba... para mi sorpresa, después de quitarse la falda, las medias y el sujetador, se puso encima un gordo y áspero esquijama que tenía pinta de haber estado varios lustros (ajeno a las modas) guardado en el armario castellano que presidía el cuarto.
No me considero especialmente exquisito ni puntilloso en esas cuestiones pero, verla de aquella guisa (a ella, tan de punta en blanco siempre, tan fina y tan perfecta)... me descolocó un poco.
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Me quedé en gayumbos y camiseta, ya iba a entrar en la cama cuando de repente ella me detuvo: "no te acuestes todavía -exclamó- aún falta algo por hacer..."

Agarró un secador de pelo, lo encendió, levantó la pesada colección de mantas que cubrían la cama... y empezó a pasar el aire caliente sobre las sábanas del interior durante un buen rato.
En mi vida había visto nada parecido y así se lo hice saber: "desde luego eres una chica con recursos", comenté, alucinando ahí de pie, en calzoncillos... "ya ves -contestó sonriendo mientras repasaba la esquina interior más remota del catre- me lo enseñó mi ex, es un truquito que aprendió el pobre en la Mili..."
Apagó el cacharro depositándolo sobre la mesita de noche, agarró la bolsa de agua caliente y nos metimos (los tres) en la cama.
Sí que se notó bastante al principio el efecto del secador de pelo; la agradable temperatura entre las sábanas facilitó que no tardásemos en deshacernos de los improvisados pijamas.
En mi caso debo confesar que disfruté doblemente desnudándola, por una cuestión tanto sexual como estética: ... la visión de aquel horrible esquijama ochentero por poco consigue derribar mi glacial erección.
Por suerte segundos después, tras bajar a la mina (a ciegas, sin casco ni linterna), los fantasmas se evaporaron y la naturaleza siguió su curso...


















