"Tranquila mujer –traté de hacerle ver que exageraba- ya hace diez años que soy mayor de edad... además, la barrera generacional no es insalvable, ¡ambos sabemos quién fue Naranjito!"
"Ya bueno, pero esto no está del todo bien...", insistió.
Ella llevaba sólo unos pocos meses soltera y venía de una historia complicada: había estado viviendo bastante tiempo con un tipo cincuentón y con la hija adolescente de él... ese fue el tema estrella de su monólogo durante el arranque del encuentro.
"Con ella me llevaba, bueno... me llevo genial, seguimos llamándonos y me cuenta sus cosas... yo llegué a verla como mi propia hija ¿sabes? Pero por mucho que lo intentes no es lo mismo, nunca será como una hija tuya de verdad, no es tu sangre... y él no quería más hijos"
La besé por primera vez en un bar medio vacío y a ella le gustó, pero me pidió que no volviera a hacerlo en público, que nunca había sido de darse el lote por ahí y le daba vergüenza... sin embargo no sintió ningún reparo a la hora de liarse el primero de los tres porros que se fumaría a lo largo de la noche.

Ella me veía cantar canciones americanas en cierto bar rockero al que fuimos y no dejó de preguntarme por el significado de las letras... "son textos muy simplones, ¿estás segura de querer saberlo? Pueden llegar a decepcionarte", dije, pero ella insistió y contra todo pronóstico no le parecieron del todo malas las letras de Ramones y AC/DC.
"¿Qué te gustaría hacer esta noche? –pregunté- ¿hay algo que te apetezca particularmente?"
Ladeó la cabeza, encogió los hombros y con la expresión más seria de la que era capaz dijo lo siguiente: "Quiero sentir".
Fueron tres bares el tiempo en que no me dejó besarla, sin embargo a la salida del último, esperando al taxi que había llamado, ella acercó tímidamente su boca a la mía.
Cuando llegamos a su casa sacó (sin preguntar) una lata de cerveza para mi, la posó en la mesita del salón y tras quitarse las botas se dejó caer en el sofá, rebuscando en su bolso la piedrecita, el papel y el mechero.
Mientras ella trataba de liar el último de la noche yo empecé a besarle el cuello y a meter la mano bajo su jersey.
"Odio mis tetas, no te van a gustar", dijo con pena... le quité la parte superior y la tumbé boca arriba en el sofá, poniéndome encima... comencé a besárselas y acariciárselas, ella cerró los ojos y dejó el petardo sin encender encima de la mesa, agarrando mi cabeza con las manos dirigiéndola hacia pastos más verdes.
Después, en la cama, mientras ejecutábamos el misionero, ella seguía con esa expresión en el rostro... con los ojos cerrados, apretándolos.
"¿Algo no va bien?", me preocupo...
...ella abre los ojos y con una mirada que (como decirlo) acojonaba bastante, vuelve a decirme: "quiero sentirrrr"
Así que pongo todo el empeño del que soy capaz y poco a poco ella se va calentando: me araña superficialmente hombros y espalda, ronronea con fuerza, me pellizca (duele) los pezones... aumenta considerablemente el volumen de sus gemidos según se acerca al climax, de repente se incorpora acercando la cabeza hacia mi cuello y, gritando... abre la boca mordiéndome (logré retirame lo justo) en el pecho.

"¿Pero qué haces?", exclamé apartándome de ella, llevándome la mano a la herida...
Ella se puso colorada, adoptó una posición fetal y se tapó con la sábana. "Perdón –susurró- yo sólo quería sentir..."
Por suerte miré al espejo del dormitorio y comprobé, aliviado, que ella se reflejaba...













