A menudo se detenía en mi mesa para hablar de cualquier cosa, charlábamos bastante en la sala de fumadores y pasados unos pocos meses (de manera natural) comenzamos a ir de cañas un par de veces por semana a la salida del curro.
Pasaba lo de siempre en esos casos: mucho hablar del trabajo, del jefe, los demás superiores, las injusticias, el resto de compañeros... rematas la jornada desahogándote un poco, tomas unas birras y vuelves a casa más relajado.
Pero un día (de repente, compartiendo una jarra) ella hizo cierto comentario sobre mis ojos que me advirtió la posibilidad de que pudiera estar interesada en algo más que en la agradable charla o la empatía laboral... sin darnos cuenta habíamos pasado a la peligrosa segunda fase: el tonteo.
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A muchas de esas sesiones de cañas post-curro se apuntaban otro par de compañeros con lo que ella y yo estábamos "condenados a comportarnos"...
...delante del resto de personal eramos la mar de discretos pero cuando nos encontrábamos a solas las "indirectas" iban y venían.

Cierto viernes que nos quedamos solos en el último bar tuvimos, medio en serio medio en broma, una conversación calentorra... y a pesar de lo propicio del instante, el pudor ante el hecho de ser compañeros de trabajo se impuso y nadie dio el paso.
Eso sí, cuando al final nos despedimos en la esquina de su calle sufrimos el primer auténtico momento de tensión (indiscutiblemente) sexual.
Nos miramos sin saber lo que hacer, en silencio... así que disfrazando la maniobra aparentando el tono jocoso de una broma dije: "bueno cariño, ya nos veremos otra vez el lunes en la mina... -cerré los ojos y me quedé quieto apretando los labios- ¡un besito!"
Ella soltó una carcajada, me plantó un intenso piquito... y ya, cada mochuelo a su olivo.
Apenas cinco minutos después me envió el siguiente sms: "Oye...ss! Q ya t echo d menos.."
Como dirían Pulp, Something Changed...
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A partir de aquel día, para mi sorpresa, ella se apartó bastante de mi... sólo se venía de cañas si nos acompañaba más gente y aunque no dejó de hablarme en la oficina (ni ponía malas caras al hacerlo) sí pasó a hacerlo sólo cuando no había más remedio y (exclusivamente) por cuestiones de trabajo.
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Por eso me pilló desprevenido cuando un par de meses después (y con el mar en calma), ya llegando a mi casa procedente del curro recibí una llamada telefónica suya en la que me preguntaba dónde estaba, que no me había visto salir, que si me apetecía una caña, etc...
Acudí al bar y apenas tardamos dos rondas en recuperar el tiempo perdido, cada media hora dejábamos atrás las fases previamente conocidas y con la tercera jarra ella empezó a pasarse por los labios un stick aromático.
"Sabe a fresa", dijo, guiñando el ojo... yo me incorporé, agarré su cintura y tras decirle que quería probarlo le di (por fin) un beso total.

Eran tantas las ganas que nos teníamos, el ansia (de meses) acumulada, que empezamos a besarnos de manera tan salvaje que la mujer que regentaba la cafetería nos invitó amablemente a abandonar su establecimiento porque (cito textualmente): "aquí no se hacen esas marranadas".
Así que fuimos a otro bar más oscuro y resguardado.
Sé que suena raro, pero cuando conseguí deslizar mi mano izquierda por debajo de su blusa sorteando el sujetador... y pude tocar sus firmes pezones, me vinieron a la mente los rostros de aquellos compañeros de trabajo que susurraban cada vez que ella cruzaba la oficina o se agachaba para recoger las fotocopias.
Cuando me metió la mano dentro de la bragueta... simplemente dejé de pensar.
Pero de repente el tren descarriló...
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Con similar pericia a la anteriormente demostrada en la zona pectoral, pude apartar con los dedos el tanga dentro de su vaquero y al primer contacto con su sexo levantó la rodilla golpeando la mesita y volcando las cervezas... derramándose todo el contenido de las jarras sobre ella.
Recibió el manguerazo con risas extrañamente nerviosas y despreocupadas, propuse pedir otro par de jarras pero ella rechazó la oferta alegando (se le trababa la lengua al hablar) que ya iba bastante pedo...
"Voy al servicio a ver si me seco un poco...", dijo antes de levantarse y perderse con paso torpe por el pasillo de acceso al WC.
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Tardó casi diez minutos en regresar y la escena de su reaparición resultó tan imprevista como impactante: asomó cojeando, cariacontecida, magullada... como un torero recién volteado en la arena.
Incluso parecía súbitamente envejecida...
Los servicios de ese bar estaban en el piso de abajo al final de unas estrechas escaleras poco iluminadas... mi ebria compañera (aparentemente) resbaló y rodó hasta dar con sus huesos en el último escalón, dejándole el traspiés (a modo de recuerdo) un roto en la blusa y sendos severos moratones en piernas y trasero...

Le dolía bastante así que nos marchamos.
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Su casa (vivía con sus padres y una hermana) estaba tan sólo a un par de minutos de distancia pero al accidentado ritmo que caminábamos tardamos diez en llegar...
...sumemos al cúmulo de despropósitos que al poco de salir del bar estalló una mini-tormenta otoñal que nos amenizó/empapó la travesía hasta el portal.
Allí en el umbral, mientras buscaba sus llaves en el bolso pude observarla con detalle.
De cintura parra arriba chorreando lluvia, de cintura para abajo bañada en cerveza... los alrededores de la boca, cara y barbilla rojos (la imprevista cita me sorprendió sin afeitar) casi en carne viva... la blusa rota y las articulaciones doloridas... borracha...
"Casi la mato", pensé.
No me besó al despedirse... ni me mandó ningún mensaje cinco minutos después.
Por lo menos dejó de llover.