domingo, 29 de marzo de 2015

"BLADE RUNNER"

La primera vez que vi BLADE RUNNER fue en video, yo tenía trece años y la saqué prestada de la biblioteca municipal. No sé por qué pero me esperaba otra cosa, no me disgustó pero acostumbrado a otras pelis de ciencia-ficción más luminosas, dinámicas o épicas me sentí un poco decepcionado

Volví a verla con dieciocho años y no sé, sería la edad o el momento en que me pilló... el caso es que me impactó de un modo definitivo.
Desde entonces he vuelto a ella en numerosas ocasiones, casi con periodicidad anual.

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Una vez anduve liado con una chica que era fan fatal de Harrison Ford y que además (supuestamente, eso dijo) le molaban las pelis de ciencia ficción.
Una vez que se quedó sola en casa me dijo que llevara algún video para verlo juntos y como me dijo que nunca había visto "Blade Runner"... elegí esa.


A la media hora sus caretos de fastidio eran evidentes. Sí, su actor favorito era el prota pero en ningún momento entró en la peli... a los cuarenta y cinco minutos la apagó al grito de "¡menudo coñazo!".

Cuando más tarde empezó a reprocharme haber elegido "semejante bodrio" y me espetó un "no entiendo como puede gustarte esto, si es una enorme mierda, vaya rarito que eres, uff"... no vacilé un segundo a la hora de defender mi criterio, incluso con más ardor del normal en todos aquellos detalles que ella tan gratuita y venenosamente puso a parir.

No volvimos a ver ninguna peli juntos. Unas pocas semanas después dejó de criticar mis gustos y aficiones, imagino que pasaría a hacerlo con el siguiente chico con el que se enrolló... o quizás el nuevo fichaje resultó ser un fan de "El Diario de Noa" y todo con él fue sobre ruedas.

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La siguiente vez que vi la película, después del destructivo sermón de aquella pedorra, me gustó todavía más.

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Cuando estudié en la universidad, durante tres años consecutivos tuvo lugar un curioso fenómeno. Cada vez que empezaba el mes de exámenes (tanto en enero como en junio), la víspera del primero emitían "Blade Runner" en televisión.
¿Casualidad? ¿Providencia? Intervención divina quizás: jamás suspendí ninguno de aquellos envites precedidos por la peli de Ridley Scott.

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Hace dos navidades tuve una cita en un bar. Quedé en la puerta de una cervecería, mi autobús llegó antes de lo previsto así que me tocó esperar.

En esa época del año en algunos barrios suelen reproducir villancicos a través de una extraña megafonía, reconozco que aparte de dar un toque curioso a la temporada me teletransportan a mi más tierna infancia... pero curiosamente en la esquina donde me tocó esperar en vez de sonar "hacia Belén va una burra" o "campana sobre campana" tenían puesta a todo volumen la banda sonora de "Blade Runner".


Entre que yo llegué diez minutos pronto y que ella tardó otro tanto, casi me dio tiempo a escucharla entera. Confieso que viví un instante de pura poesía callejera durante el "love theme"... y otro no menos intenso cuando de repente se puso a llover a cántaros y directamente fui poseido por el espíritu del agente Deckard.

La cita resultó acorde con la puesta en escena. Era la primera vez que veía en persona a aquella chica y tras unas pocas preguntas rutinarias descubrí que se trataba de otra replicante más para la colección.
"Lástima que ella no pueda vivir... ¿pero quién vive?"

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El año pasado vi "Blade Runner" en jueves santo en el lugar de la costa mediterránea donde suelo escapar por esas fechas. Casualidad o no, fue el preludio de una jornada de lo más blogafantista.

Este año regresaré el mismo día al lugar del crímen pero ya iré con los deberes hechos: la semana pasada la reestrenaron en cine y por fin he tenido la oportunidad de disfrutarla en pantalla grande.

El pasado miércoles a las 10:30 de la noche éramos (para mi sorpresa) más de treinta personas en la sala... yo me senté detrás del todo, lo más apartado posible de cualquier comentario o conversación del público, con los cinco sentidos centrados en disfrutar de la experiencia.

Todos estos recuerdos, anteriormente narrados, desfilaron por mi memoria durante la proyección... y sí, también se perderán en la blogosfera, como lágrimas en la lluvia.



sábado, 21 de marzo de 2015

"DOSCIENTAS PRIMERAS CITAS / Memoria recuperada"

Mi habitación experimentó una especie de crisis hace unos pocos días.
Por un lado mi ordenador sufrió el ataque de un virus y quedó para el arrastre... y en otro orden de cosas una de mis estanterías (la más poblada) casi se vino abajo incapaz de soportar más peso.

Lo primero se solucionó con un buen formateo. Lo segundo vaciando, desmontando y volviendo a montar recolocando y redistribuyendo el peso de un modo más racional.

Antes de formatear pude recuperar unos cuantos archivos de interés, especialmente fotos (personales y ajenas) y documentos útiles para mi trabajo. Según empecé la "evacuación" recordé que cuando mi anterior ordenador estaba a punto de fallecer grabé un CD recopilando un montón de datos... por desgracia dicho compacto acabaría extraviándose en otra posterior reforma de mi cuarto, reubicado sin apuntar dónde, como el arca de la alianza en aquel almacén de la peli.

A veces me he preguntado por su paradero pero sobre todo por su contenido, el cual (a grandes rasgos) apenas recuerdo.

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El caso es que decidí aprovechar que tenía que vaciar completamente la estantería para inspeccionar uno a uno todos mis cedés antes de volver a colocarlos, en busca del tesoro perdido. 

La operación me llevó una mañana entera y parte de la tarde... finalmente tras abrir el "Purple Rain" de Prince & The Revolution (comprado hace demasiados años en una tienda de discos que ya no existe) descubrí que sobre el disco original había un TDK con la siguiente frase escrita en rotulador negro: "Miscelánea 2002-2009".
¡Bingo!

Setecientos megas de fotografías y minivídeos de mis años más oscuros. Casi siempre haciendo el tonto, con una bebida en la mano o un cigarrillo entre los dedos... festivales de rock, excursiones, múltiples conciertos, demasiadas fiestas...


El mismo grupo musical visto varias veces acompañado en cada ocasión de una chica diferente.
Viajes con amigos que se han quedado por el camino.
Reportajes de eventos en casas rurales que parecen el catálogo publicitario de un pasaje del terror.
Un poco más de pelo en mi cabeza.
Camisetas míticas.
Viajes, cenas y celebraciones con una exnovia que vistas ahora no pueden descolocarme más.
Cerveza, cerveza, cerveza...

Pero no todo lo que veo me provoca vergüenza ajena. Tengo guardadas unas carpetas con fotos de chicas que se cruzaron en mi camino la pasada década, ninguna de ellas sigue en mi vida a día de hoy.

Me sorprende especialmente ver las de Sonia y Mayte, pensaba que me acordaba bastante bien de ellas pero tras abrir los archivos me enfrento con un par de rostros que ya había empezado a olvidar.
Cierro los ojos, intento concentrarme... recuerdo mejor sus cuerpos desnudos y las cosas que hicimos que sus ojos, nariz o labios.

A algunas otras chicas ni siquiera llegué a conocerlas en persona, pero de repente sus fotos aparecen en alguna carpeta perdida, hallazgos casi arqueológicos... ¿qué habrá sido de ellas? Miedo me da tan solo pensarlo.

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No soy para nada nostálgico y este repaso multimedia a la pasada década lejos de animarme me deja cierto regusto amargo. Es bueno tener el CD localizado pero no creo que eche mano de él a menudo... eso sí, ver ciertas fotos me ha recordado algunas historias que (si todo va bien) servirán para abastecer este blog que hoy publica su entrada número 200.

Doscientas. Quién lo iba a imaginar aquel convulso verano de 2010 cuando toda esta locura se puso en marcha...


jueves, 12 de marzo de 2015

"A ver cuándo me invitas/llevas..."‏

Hacía mucho tiempo que no me sucedía, ya traté el tema en una célebre entrada aquí publicada hace tres años... el caso es que de vez en cuando vuelve a pasar.

1) Voy en el autobús y recibo un mensaje de Alicia preguntándome qué tal, qué hago, etc... le cuento que estoy camino de un concierto en el Auditorio, que tengo el abono y voy dos o tres veces cada mes, según toque... tras averiguar que voy solo inmediatamente me contesta: "pues a ver cuando me invitas".

2) Otro día voy caminando hacia una popular sala de conciertos madrileña, recibo un mensaje de Ana María interesándose por mi paradero y lo que tengo entre manos, le cuento que estoy a punto de entrar a ver a Black Rebel Motorcycle Club... tras averiguar que me he desplazado solo al concierto inmediatamente me contesta: "la próxima vez me invitas y voy contigo".

3) Agosto está a punto de acabar y recibo un mensaje de Lorena preguntando qué es de mi vida, charlamos un poco y cuando le digo que la semana siguiente me voy a pasar unos días a la playa, yo solo, inmediatamente suelta: "pues invítame, me llevas y así hago algo yo también que este verano no he salido de la ciudad".

Lorena tiene un novio que vive en otro país y al que presuntamente es fiel, ni de coña pienso pasar mis breves vacaciones en su compañía pero decido investigar hasta dónde sería capaz de llegar...
Planteo la cuestión de si supondría algún problema para ella (o su novio) el hecho de que nos fuéramos de viaje juntos y contesta que no tendría por qué enterarse nadie... a si habría inconveniente en que ambos nos desnudásemos en la misma playa contestó que ella ni de coña pensaba hacer tal cosa... a si estaba dispuesta a compartir cama contesta un impresentable "ah no sé... quizá, depende de lo bien que te portes".

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(A modo de aclaración añadiré que ninguna de ellas es amiga mía. Nos conocemos, nos hemos visto alguna vez muy esporádicamente, intercambiamos algún mensaje que otro, hubo tomate en el pasado pero ahora no... nada más)

A los dos primeros casos en su momento no les dí ninguna importancia, pero a raíz de este último (tan descarado) comencé a desconfiar metiendo a todas ellas bajo la misma cuarentena. ¿Estaba siendo víctima de un ataque masivo de caradura o eran imaginaciones mías?


Alicia y Ana María son de esas chicas que cuando quedas con ellas rara vez echan mano de la cartera, además son mandonas a la hora de proponer sitios o vetarlos.
Yo no me considero mezquino en esa cuestión y si estoy a gusto no me importa pagar algunas rondas, pero cuando veo que a la tercera o cuarta consumición no hay la más mínima intención de corresponder por parte de la otra persona, comienzo a sentirme mal (subestimado, degradado) y pierdo el interés.

La última vez que salí con Ana María, de hecho, me fui repentinamente a casa por ese motivo: me llamó ella para tomar una caña y cuatro bares después seguía silbando y mirando al techo cuando nos servían.
Alicia es parecida, pero sale más barata: solo quiere ir a cafeterías y habitualmente pide café o infusiones.

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Hace poco he ido a un concierto de rock en mi ciudad y parece que lo huelen. Nada más entrar en el local Ana María me escribe y cuando le digo lo que estoy haciendo me responde: "A ver cuándo me llevas a alguna de esas cosas tan chulas que haces, que me aburro como una ostra..."

Al día siguiente tengo una extraña conversación con Alicia. Después de nuestro último café nos estuvimos besando en un portal cercano a su casa, intento quedar con ella en otras circunstancias menos formales pero su sugerencia me descoloca un poco.
"El próximo domingo por la tarde si quieres quedamos, te lo reservo. Miras la agenda cultural, algún cine, teatro o concierto... y me llevas, ¿vale?"

Viniendo de quien viene la frase no puedo evitar que mi suspicacia reviente, decido tantear el terreno, darle un último beneficio de la duda, ver por dónde me sale: "a estas alturas de mes ando poco boyante, me temo que no puedo invitarte a ninguna de esas cosas", escribo.
"Ahm -contesta- bueno... ya me llevas otro mes entonces, el domingo si eso me llevas a tomar café o merendar y listo"

¿Ha pasado lo que pienso que ha pasado? ¿Estoy demasiado suspicaz o me ha parecido que en cuanto he sugerido que no puedo invitar ya no está interesada en explorar la agenda cultural? ¿Me ha concedido la gracia de invitarla a un croissant a la plancha como premio de consolación?

Decido romper la baraja, jugar sucio: "una pena no disponer de la casa sola esa tarde, en vez de merendar podrías venirte a ver una peli..."
"Pues eso hay que ganárselo -contesta- y para eso vas a tener que sudar,  ¡la fama cuesta! jaja"


Creo que he dado en la diana, señores... han cantado bingo: "¿Tanto voy a tener que sudar? Ya te vale...", deslizo.
"¡Anda claro! El que algo quiere algo le cuesta", sentencia... el bingo es correcto.

"El que algo quiere algo le cuesta" Siempre he odiado esa frase (en lo que a relaciones respecta) con todas mis fuerzas, cada vez que la oigo pienso que no me merece la pena mover un solo músculo para acercarme a esa persona... no necesito que nadie me otorgue la merced de "sacrificarse" para darme gusto a cambio de algún precio real o simbólico.
Quiero merecer un beso o una caricia porque sí, porque el  momento y las ganas lo requieran, no por haber corrido con los gastos... quiero follar porque la otra chica quiera hacerlo conmigo, no porque yo antes haya superado todas las pruebas de una sórdida gincana.

Contesto de mi forma habitual cada vez que me ponen a prueba en ese sentido: "Vale, en ese caso esperaré a ver si tú quieres también para que cueste lo menos posible"
"¡Qué tio!", responde.
"Yo sé lo que quiero, si tú no quieres... chungo. No hay agenda cultural ni cena o merienda que pueda cambiar eso", insisto, mordiéndome la lengua.
"Ya ya, ya lo sé -me interrumpe- pero hay etapas hasta llegar donde quieres... y eso es lo que tienes que currarte"
"Aahh, vale -recupero la palabra- a ver si no lo hago demasiado mal para así convencerte... (icono sonriente)"

Alicia parece sentirse súbitamente incómoda con la deriva de la charla y se despide a trompicones.
Cinco minutos después, releyendo la charla me entra una nueva duda: ¿seguro que ambos estamos hablando del mismo "premio/objetivo"? 
No me extrañaría que ni siquiera ESO haya quedado claro... en fin, que me lleve a algún sitio un día de estos y se lo preguntaré.


jueves, 5 de marzo de 2015

"FUERA DE JUEGO"

La década pasada hubo un partido de fútbol bastante famoso que terminó con la abultadísima derrota del equipo local a manos de su mortal enemigo.
Yo no pude verlo porque me pilló en medio de una fiesta de la que no podía escabullirme, pero cuando al finalizar me enteré del resultado escribí un sms a una chica con la que me había liado unos meses antes, hincha radical del equipo entonces derrotado: "¿Estás bien?", pregunté.
Su contestación fue tan larga como rabiosa. Recuerdo que dijo estar "cabreada como una mona" y a continuación puso a parir al eterno rival quedándose a gusto destacando su presuntamente inferior origen geográfico y la menor cantidad de títulos en sus vitrinas...

Yo iba algo borracho y le seguí el juego, en uno de mis siguientes mensajes me ofrecí a compensarla por la humillante derrota, a resarcirle de algún modo por tanto daño psicológico...
"¿Cómo lo harías?, preguntó; preferí no ser bruto: "a base de besos similares a aquellos que nos dimos la última vez, tras el kiosko del parque junto a tu casa", contesté.
"¿Cuántos me darías?, insistió... y ahí el cachondeo me pudo: "tantos como goles ha encajado hoy tu equipo :D", respondí.

Pensé que me mandaría a tomar por culo y me mentaría a la madre, pero no, para mi sorpresa simplemente dijo: "OK".

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Tardé siete meses en verla, pleno invierno. 
La noche que quedamos su actitud fue tan gélida como la temperatura ambiente, se mostró muy altiva y distante, cada vez que bajaba la guardia ante alguno de mis comentarios o coñas se revolvía al segundo para que no pareciera que le hicieran gracia en absoluto... estaba 100% concentrada en pararme los pies o quizás en hacerme suplicar.
Su fracaso fue relativo.


En el tercer bar salió el tema del fútbol y recordamos aquel mítico/infame partido de su equipo, su gesto se torció inmediatamente: "sigues dolida a pesar del tiempo transcurrido eh", comenté...
"¡Claro que sí! -exclamó- y este año parece que la cosa no mejora..."
"Tranquila mujer, te recuerdo que en su día me ofrecí para aliviarte de los disgustos futboleros, la oferta sigue en pie...", deslicé. 
Para mi sorpresa se apresuró a recoger el guante: "Ya me acuerdo ya, dijiste que me darías tantos besos como goles encajó mi equipo aquel día...", su sonrisa pasó a ser nerviosa, me miró fijamente y apretó los labios a la defensiva... hice amago de acercar la cara y se echó para atrás... "Tranquila -susurré a su oído- no se trata de ESE tipo de besos"

Se relajó y empecé a besarla en la cara, uno, dos...cambié de lado, tres...
Para cuando llegué al último de la goleada fue ella quien buscó mi boca. Siete meses después la defensa de su equipo volvió a tirar desastrosamente el fuera de juego.

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Fuimos a otro bar y seguimos con el besuqueo un buen rato... finalmente salimos y la llevé al pasadizo de un mercado cercano a su casa. El frío era intenso, matador... pero no impidió que nos abriéramos los abrigos para explorarnos mejor.
Metí la mano bajo su camiseta hasta alcanzar los pezones por debajo del sujetador, me bajé la bragueta y acerqué su mano a mi entrepierna... fue entonces cuando el tren descarriló.

Me la agarró como quien sujeta el pomo de una puerta a medio abrir, dudando entre salir o quedarse en la habitación... no hacía nada, solo agarrarla.
La estampa era surrealista: tenia una teta fuera, inanimada como una estatua de cera, en una mano sujetaba el bolso por las asas y con la otra me agarraba la polla...
"Ten cuidado no me vayas a manchar...", dijo.

Casi me caigo al suelo de la risa, tuve que morderme la lengua para no decirle que sí, que si ella seguía aplicando semejante técnica tántrica de masturbación estática probablemente me correría en breves instantes, que mejor pusiera unos papeles de periódico o algo sobre sus zapatitos italianos para protegerse de lo inevitable.
Al verme resoplar conteniendo la carcajada se pensó que iba muy borracho y retiró su seductora garra de mi frágil colibri. Fin de la cita.

Aunque parezca mentira, ocho meses después volvimos a quedar y nuevamente mi mano acabo bajo su camiseta durante nuestra despedida. Se me pasó por la cabeza volver a bajarme la bragueta y ver qué pasaba pero total... ¿para qué?


jueves, 26 de febrero de 2015

"ALICIAS" (Vs El Hombre Invisible)

Hace ya casi cuatro años que conozco a Alicia, pero solo hemos estado juntos tres veces contadas. El verano pasado estuvimos hablando bastante acerca de la posibilidad de quedar, cuando alguno de los dos dispusiese de un lugar donde hacerlo, etc... pero la estación terminó sin que lo llevásemos a cabo.

Nada raro, no es el primer plan de ese tipo que se viene abajo, sin embargo lo que sí me sorprendió fue su repentina "desaparición" (y consiguiente silencio) poco antes de Navidades: mis mensajes y llamadas no recibían respuesta y (creo) pasé a estar bloqueado en los clásicos soportes de mensajería instantánea.

Nada raro tampoco, no es la primera chica que me hace algo así sin un motivo aparente.
No puedo decir que el caso particular de Alicia me tenga especialmente contrariado pero siempre queda ese poso de curiosidad, esas ganas de saber el motivo concreto para (quizás) poder seguir insistiendo (o no) más adelante sin resultar demasiado coñazo.

El caso es que el viernes pasado a eso de las 18:50 caminaba yo por las calles de mi gélida ciudad, embozado con una braga térmica negra y tocado con un gorro de lana a juego; empezó a llover y abrí el paraguas... fue entonces cuando vi delante de mi a una niña pequeña que me resultaba familiar: ¡la hija de Alicia!
En cuanto me dejó atrás detuve mi marcha y me giré: a su lado iba Alicia haciendo gestos a la cría, aparentemente regañándola...


Imposible que me reconociera con el rostro camuflado y escudado bajo el paraguas.
Pensé en llamarla en voz alta, en alcanzarla y saludarla; quizás me contase que ahora sale con alguien, que se ha cambiado de móvil, que no quiere volver a verme mientras viva porque soy tal o cual cosa... pero observé a la niña a su lado y decidí no hacer nada.

Ya me contestará algún día si quiere, de momento me conformo con saber que sigue viva, volveré a la carga en cuanto comience la primavera...

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Esa misma noche de viernes he quedado para ir a cenar con una chica a un restaurante nuevo americano que han abierto en mi ciudad.
Entramos a las 21:45, el encargado nos conduce al fondo de la sala (estilo Pulp Fiction) y al final del pasillo nos da a elegir entre el rincón de la izquierda o el de la derecha... a primera vista me decanto por el de la izquierda, ya voy a señalárselo al camarero cuando de repente descubro que en la mesa de al lado está Alicia con una amiga.
No la Alicia que me crucé tres horas antes en la calle... ¡otra!

"Alicia Número Dos" es otra chica que conozco desde hace un par de años pero que apenas nos hemos visto cuatro veces contadas... para mi "suerte" la última vez fue el domingo pasado que quedamos a tomar un café y al final de la velada nos estuvimos enrollando en un portal cercano a su casa.

Juraría que Alicia levanta la cabeza y deja de mirar a su amiga, apostaría que me ha visto de lleno mientras digo al camarero (atropelladamente) que no, que mejor la otra esquina... casi siento su mirada clavarse en mi espalda cuando nos dan una mesa que queda bastante a la vista de la suya.

Por un momento considero la posibilidad de levantarme y saludar, a veces dar el primer paso es la mejor manera de evitar conflictos... al final la pasividad triunfa, me siento y aguanto el tipo cruzando los dedos para que nada desagradable suceda.

Durante la cena no consigo relajarme pero mantengo la compostura y llevo la conversación hacia terrenos superficiales que no requieran demasiada concentración, pues la vista (y la cabeza) se me va de vez en cuando (todo lo discretamente que soy capaz) hacia la mesa de Alicia.


La veo hablar con su amiga, gesticula con las manos pero lo hace de un modo amistoso... no creo que esté diciendo "mira al hijolagranputa, se lía conmigo y apenas cinco días después sale con otra, ¿crees que si doy a la camarera veinte euros me dejará escupir en su plato?".

¿Será posible que no me haya visto? No puedo estar más expuesto, Alicia no tiene más que apartar la vista del plato o de su amiga y allí me encontrará.

Terminamos los entrantes en calma, sin interrupciones, me rellenan el vaso con más refresco, nada más llegar el plato principal giro de nuevo la cabeza y descubro (con gran alivio) que Alicia y su amiga se han ido.
La hamburguesa me sabe a gloria.

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Dos días después escribo a ambas Alicias. La primera sigue sin contestar... con la segunda mantengo una amena conversación que me deja claro que no me ha cazado en el restaurante, de hecho me propone quedar el próximo domingo para pasar toda la tarde juntos, que el otro día aquel café "le supo a poco".

Bendita miopía... ¿o se trata de algo más?
La mayor parte de mi vida he sido una especie de ente invisible para las chicas (jamás nadie me ha regalado nada en ese terreno) y siempre he considerado dicha circunstancia como una franca desventaja a la hora de ligar. Dicho esto, sin embargo... debo reconocer que a veces tiene su lado bueno.


lunes, 16 de febrero de 2015

"La Leyenda de SAN VALENTIN"

La semana de San Valentín en mi instituto se hacía la cosa esa de regalar flores entre los alumnos. Si mal no recuerdo se podía escoger entre tres tipos: blanca para amistad, roja para amor... y el último año introdujeron (con bastante poca aceptación, sorprendentemente) la amarilla para ODIO.

En mis cuatro años de estancia jamás recibí ninguna, tampoco regalé... pero si preguntas a conocidos de mi insti jurarán y perjurarán que sí, que compré (color rojo para más señas) a cierta chica de la clase de al lado que (supuestamente) me gustaba mucho...
Todo falso. 
Ni envié la flor ni me "gustaba" la chica, pero es cierto que Anabel y yo nos llevábamos bien y charlábamos bastante, lo cual a ojos de mis amigos resultaba ciertamente sospechoso y sirvió de punto de partida para construir el rumor que degeneraría en leyenda urbana.


Aquel recreo de San Valentín había mucho revuelo entre el sector femenino con el asunto de las flores, estaban pendientes de recibirlas y de quién más las recibía, de lo que ponía en todas las puñeteras tarjetas... una especie de GRAN HERMANA ADOLESCENTE vigilaba cada rincón, patio y pasillo del centro.

Saliendo a tomar el aire me crucé con Anabel y sus amigas, revoloteando junto a la mesa donde se gestionaba el reparto floral, estaban leyendo una tarjeta pero tenían problemas... nada más verme Anabel se acercó y me dijo: "Oye, tú sabes algo de francés ¿no? ¿Puedes traducirme lo que pone aquí?"
Agarré la tarjeta y leí: "j'aime la vie parce que ma vie c'est toi".

Recuerdo que lo primero que pensé es que ningún chico podría ser el autor de aquella nota, la caligrafía me pareció decididamente femenina, quizás fuera la típica broma pesada entre amigas... "Pues... -dije- aquí pone Yo amo la vida porque mi vida eres tú. ¿Te han enviado ésto o se lo han mandado a alguna amiga tuy...?"
Ni me dejó acabar la frase, se puso a chillar y saltar y fue corriendo de vuelta donde su grupo de amigas.

Se ve que alguno de mis colegas presenció la escena y preguntó a las chicas por el contenido de la tarjeta, sin investigar la procedencia, presuponiendo mi autoría.
El cachondeo fue brutal.
Con el paso de las semanas (incluso años) no solo fui incapaz de convencer a mis compañeros de mi "inocencia" sino que la historia fue engordando hasta límites insospechados.

En la última versión que escuché yo estaba hasta las trancas por aquella chica porque ambos íbamos a la misma academia de inglés (?), así que le copié un poema de Oscar Wilde (!) en la tarjeta, envié media docena (#) de flores rojas pero en el último momento me arrepentí y quise impedir el reparto la misma mañana de San Valentín, antes del recreo... con escasa fortuna, pues no pude evitar que le llegasen las flores y ella, más avergonzada aún por mi súbito ataque, cruzó corriendo el pasillo para encararse conmigo y mandarme a hacer gárgaras, dejándome ahí plantado como un pasmarote, con el corazón roto, encerrándome a continuación en los aseos para llorar amargamente por mi torpeza e infortunio.

En la última reunión estudiantil a la que asistí alguien sacó el tema de conversación y recordaron la historia, incluso se confundieron de chica, fue entonces cuando decidí (por una vez) colaborar en el proceso creativo.

Admití haberlo hecho (total, ¿qué más da?) y maticé algunas cuestiones: el poema era del Marqués de Sade... intenté sobornar al comité floral con doscientas pesetas para que se lo dieran en los últimos cinco minutos del recreo así pasaríamos ambos menos vergüenza... cuando ella se me acercó escupió al suelo junto a mis pies en señal de repulsa... y la semana siguiente mientras yo paseaba al perro (que nunca tuve) entré a su hermana, que era mayor, repetidora y tenía unas tetas enormes. Volví a ser rechazado, por supuesto, pero al menos esta vez no lloré...

Deseo que todos hayais pasado este 2015 un San Valentín (como mínimo) tan memorable como cualquiera de aquellos que jamás viví.
¡Ronda extra de Fanta cuenta de la casa!


lunes, 9 de febrero de 2015

"La Camiseta de Fanta"

En mi época universitaria solía jugar todas las mañanas de viernes un partido de futbito en el patio de una facultad de Ciencias.
Al lado de la pista había un edificio donde se impartía una disciplina universitaria mayoritariamente poblada por chicas... a veces se nos iba la vista hacia aquellas ventanas y en no pocas ocasiones descubríamos a algunas alumnas asomándose, espiando las incidencias de nuestro juego.

Una de aquellas mañanas de viernes en esa facultad celebraron la fiesta anual, nosotros no lo sabíamos y fuimos a jugar igualmente... por suerte éramos madrugadores y el sarao comenzó justo cuando estábamos dando las últimas patadas al balón.

Un montón de alumnas ocuparon la zona deportiva y montaron unas barras, una hora después aquello estaba abarrotado.
Mis compañeros y yo decidimos quedarnos un rato a tomar algo, sin más pretensiones, de hecho íbamos vestidos en plan cutre (yo llevaba mi viejo pantalón de deporte de la época del instituto y una célebre camiseta blanca de propaganda de Fanta Naranja) y tras dos horas dejándonos la vida en la cancha no olíamos precisamente a rosas...

Tras la sesión deportiva los cachis de cerveza entraban solos, los cigarrillos también. Yo conocía a una de las alumnas y estuvimos hablando un rato con su grupo de amigas... todo iba normal hasta que una de ellas empezó a tontear conmigo: "¿vosotros sois los que venís a jugar todos los viernes no? Me he fijado en ti de vez en cuando, me has llamado la atención, es curioso... no pareces español"
Contesté que me parecía genial que se hubiera fijado más en mi exótico aspecto que en mi forma de jugar... se rió y pedimos un cachi para los dos, nos sentamos en el césped y pasamos la siguiente media hora juntos hablando, bebiendo y fumando.

De repente ella se me arrimó bastante, fue entonces cuando caí en la cuenta de que mi aroma corporal era más "intenso" de lo deseable... se lo advertí, avergonzado, pero a ella no pareció importarle, de hecho (jamás olvidaré ese gesto) acercó su nariz hacia mi cuello y aspiró con fuerza.
Ni siquiera esa demostración de buena voluntad me hizo sentir a gusto, me excusé un segundo para ir al meadero pero en vez de ir a los arbustos del fondo (donde todos los estudiantes guardaban fila) me colé en la facultad para acceder a los lavabos y asearme mínimamente.


Me lavé todo lo que pude, ya me encontraba bastante mejor, pero había algo contra lo que no podía hacer nada: la cantarina camiseta sudada de Fanta.

Regresé al lugar del jardín donde esperaba la chica, a su lado estaban la otra que yo conocía y dos más, cotilleando qué tal iba la cosa conmigo, en cuanto llegué disolvieron la manifestación entre risas.

Volvimos a arrimarnos, de hecho pasamos otra hora y media más juntos bebiendo en aquel jardín... ya llegaba la hora de comer y toda de panda iba a ir a un Telepizza cercano, me preguntaron si me unía a la expedición pero decidí aprovechar ese "tiempo muerto" (la transición entre el botellón y la comida) para ir rápido a mi casa (yo vivía bastante cerca), quitarme la puta camiseta de Fanta, darme una ducha rápida y vestirme en condiciones para seguir celebrando el santo patrón universitario de aquella facultad ajena... y todo lo que ello conllevara.

Cuando dije a la chica que me iba me despidió con un pico, ya iba bastante tocada... no sé si fue un gran error de cálculo abandonar la escena en ese preciso instante o si intervino la Divina Providencia; el caso es que mientras yo me acicalaba en casa ella sufrió un súbito bajón al sentarse en el telepìzza, para cuando yo llegué ya había vomitado dos veces y una de sus amigas se disponía a acompañarla a casa.

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Los siguientes viernes, jugando al futbito en la pista, miré varias veces hacia las ventanas por si la veía... pero nada.
Un mes después me encontré con su amiga en un bar y me dijo que (en caso de verla) mejor no me acercase a la otra chica, que estaba muy avergonzada de lo ocurrido conmigo el día de la fiesta. Por lo visto lo había dejado con el novio esa semana y estaba dispuesta a correrse una buena juerga para olvidar... pero sin el resultado esperado, de hecho a los pocos días dio marcha atrás y volvió con el novio.

Recuerdo que el siguiente partido, sin la distracción de la ventana, marqué dos goles, uno de ellos el único que he metido en mi vida de cabeza.
Y luciendo la profética camiseta de Fanta, por supuesto.