Un par de amigos y yo estábamos cierto sábado de madrugada en la terraza de un bar, tomando un chisme y (en mi caso) bailoteando un viejo hit de Jamiroquai que sonaba procedente de unos altavoces encaramados en lo alto de los árboles del patio.
De repente se me acercó un chico: aproximadamente una cabeza más bajito que yo, fondón, moreno de cejas pobladas y perilla... ojos enrojecidos fruto de la tajada que llevaba encima.
Apenas entendía nada de lo que me decía, en un principio pensé que era el típico borracho que se te arrima y da el coñazo un rato... pero no, sus intenciones resultaron ser otras.
Así, de repente, a saco... me suelta que "qué tal es mi rabo, cuanto me mide y tal..."
Tras decirle que jamás había sentido la curiosidad de agarrar una regla y ponerla al lado de mi pene, me preguntó si me iban los tíos... contesté (encogiéndome de hombros) que muchos de mis mejores amigos eran chicos, etc... pero él siguió a lo suyo: confesó ser algo así como "hetero-morboso", que le gustaba practicar felaciones (omito las palabras que utilizó) y me propuso ir con él al WC para comérnosla, masturbarnos, morrearnos... lo que quisiera.

Que conste que yo no me escandalizo ante situaciones como esa ni me ofende que un tío me pueda proponer relaciones sexuales... lo que me repateó fue lo agresivo que llegó a mostrarse el fulano, sus pupilas inyectadas en sangre, la babilla que brotaba de sus comisuras, su cara sudada, la boca abierta respirando fatigosamente... era un tipo de lo más desagradable y aunque se hubiera acercado simplemente para preguntarme la hora me habría incomodado hablar con él.
Le dije que no me interesaba su proposición y él reaccionó mal, insistiendo de mala manera, agarrándome del brazo.
Finalmente acabé mandándolo a freír espárragos, viviendo un momento de cierta tensión tras verme obligado a empujarlo para que me dejase en paz...
Afortunadamente la sangre no llegó al río, mis amigos hicieron bromas al respecto durante el resto de la noche (uno se ofreció a subir a casa para coger un metro del costurero de su madre) y a mí se me quitaron las ganas de volver a ese bar (al menos) mientras durase el verano y siguiera abierta la terraza.
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Hace dos meses me apunté a un gimnasio.
Nunca he sido demasiado deportista pero admito ser un gran amante del consumo de calorías... así que para quemarlas me he buscado un sitio cutre/baratillo donde poder mover un poco el trasero y desempolvar el chandal noventero que (para mi sorpresa) aún conservaba en el rincón más olvidado e inaccesible de mi armario ropero.

El caso es que hace tres semanas yo me encontraba pedaleando en la bici estática cuando de repente entró en la sala (toallita en mano) el citado fulano de la terraza veraniega.
Le supuse sobrio, pero conservaba la misma mirada inquietante y depredadora, la boca abierta... me reconoció y agachó la cabeza.
A lo largo de la siguiente hora ambos nos las ingeniamos para entrenar en rincones separados del gimnasio.
Más tarde me crucé con él en la puerta del vestuario (yo salía y él entraba) y le miré intentando dejar claro (sin necesidad de tener que decirlo) que me acordaba muy bien de él y que en lo sucesivo más le valdría portarse bien para tener la fiesta en paz... no sé si se dio por enterado pero nuevamente agachó la cabeza.
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Tres días después yo salía de la ducha del gimnasio, envuelto en mi toalla, dispuesto a vestirme antes de pirarme... en el vestuario junto a las taquillas había tres personas más, uno de ellos (poniéndose las prendas deportivas) era mi "amigo" de la perilla.
Yo no soy nada vergonzoso y en esas situaciones acostumbro a despelotarme alegremente, pero tras comprobar como el fulano tardaba una fingida eternidad en anudarse una zapatilla, pendiente (con penoso disimulo) de si me quitaba de una puñetera vez la toalla... me quedé quieto con los brazos en jarras y hasta que no le vi salir por la puerta no comencé a vestirme.
Mal rollo.
Los días siguientes que he coincidido con él en el gimnasio he esperado a que se vaya para bajar a ducharme.
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Hoy he debido despistarme hablando con ese jubilado tan majo que suele pedalear en la bici de mi derecha... (nuestras tertulias comenzaron un día que le dije que así alineados, al trote sobre los sillines, parecíamos el Séptimo de Caballería cabalgando hacia Fort Apache)... el caso es que no lo vi venir...
Bajo al vestuario, me desnudo, agarro champú y toalla, entro en el pasillo de las duchas despreocupado, sin cubrirme... ¡y zas!
De frente, saliendo de la última cabina, aparece el chavalote hetero-morboso.

No me da tiempo a taparme... y aunque me meto a la carrera en la primera ducha que tengo a mano no consigo evitar que, cuatro meses después, ese siniestro personaje se salga con la suya y acabe viéndome la polla.
¿Dónde está el maldito Coronel Custer cuando más se le necesita?


















