No perderé el tiempo describiendo la leonera con dieciséis camastros donde "maldormí" tres noches... ni los estrechos pasillos en los que era casi imposible caminar sin pisar a alguno de los numerosos chavales de diversas nacionalidades, hacinados por el suelo con los portátiles en el regazo... esta historia tiene lugar en la (no menos cochambrosa) sala habilitada para el aseo personal, concretamente en las duchas.

No era especialmente grande, entrabas por una puerta y enfrente tenías un par de lavabos, un espejo, y a cada lateral tres puertas (seis en total) que conducían a sendas duchas.
Aquel espacio era unisex. La vez que lo estrené encontré un tanga azul dentro del hueco donde me metí, colgado de la perchita... y el segundo día aconteció lo siguiente:
Cuando entré en la "zona común" había una chica menudita acicalándose en el lavabo delante del espejo. Saludé en inglés (ella asintió con la cabeza) y me metí en una de las duchas.
Cuando acabé, en lo que me secaba y demás, oí que la puerta exterior se abría y daba entrada a un chico... ¡español!, ya que usando la lengua de Cervantes dirigió (con tono temeroso) las siguientes cinco palabras a la chica del lavabo, su novia.
"Cari, yo ya estoy listo..."

Desde mi habitáculo no pude verlo, pero aquella chica debió transformarse en algo parecido a la niña del exorcista, pues la contestación que recibió el chaval fue de lo más estridente y desproporcionada.
A grito pelado, le espetó: "¿Pero tú estás tonto? ¿No has visto que no he acabado de arreglarme? Anda, coge el mapa y apréndete cómo llegar a los sitios... o baja a la oficina de cambio que ya casi no nos quedan libras! ¡Inútil!"
"Vale cari, cuando acabes avisa, estaré fuera..." susurró el compatriota haciendo mutis por el foro.
"Vaya, vaya, vaya..." -pensé- "cómo nos las gastamos..."
Escuchar aquello me llegó al alma... y sentí la imperiosa obligación de intervenir.
Doblé mi toalla un par de veces y, estilo Espartaco, me envolví con ella de cintura para abajo, tapando lo mínimo... de esa guisa salí de mi ducha y me puse en el lavabo contiguo al suyo.
Ella se aplastaba con parsimonia (y un peine mojado) unos pelos indomables, yo sonreí nuevamente, recolocando la toalla bajándola un poquito más allá del límite del decoro y saqué del neceser el cepillo de dientes.

La Dama de Hierro, fisgándome de reojo, sacó un pasador enorme con forma de margarita y tras darle muchas vueltas, lo colocó en un lateral de su cabellera... yo la observaba fijamente a través del espejo que compartíamos mientras me cepillaba los dientes, y cuando ella empezó a mirarse para comprobar si le quedaba bien el floripondio, yo levanté el dedo pulgar de mi mano libre en señal de aprobación.
Para mi sorpresa, ella empezó a reír nerviosamente como una colegiala...
Sin borrar esa sonrisilla de su cara comenzó a recoger (lentamente) sus cosas de aseo, yo escupí el dentífrico y girándome hacia ella, con el tono de voz más grave que fui capaz de forzar, le solté: "Jjeloouu, güeerrr arrr yu frrrommm?"
Ella dio un saltito para atrás, sorprendida. "Espein", dijo en plan modosita, poniendo ojitos... la misma mala pécora que tan sólo un par de minutos antes humillaba a esa especie de mascota que tiene por novio.
Abrió la boca tratando de añadir algo pero no le salía la frase, así que optó por una variante del lenguaje de Cro-magnon y, señalándome con el dedo, dijo: "¿an yu?"

Todavía no sé por qué dije lo que dije, el caso es que me salió instintivo, como un tiro...
"Bielorrusia", contesté, imitando nuevamente un macarrónico acento en plan "Promesas del Este".
Di un paso al frente e inclinándome un poco hacia ella susurré: "Ai loff Esspeinn".
De repente aquella otrora férrea sargento nazi se transformó definitivamente en una pálida Bambi que, repitiendo una y otra vez "yes, yes", agarraba sus cosas a toda prisa para salir escopetada de la sala de aseo... "yes yes... sorry sorry, bai bai".
Portazo.
Media hora más tarde la parejita bajó las escaleras del albergue y ella, al verme en el descansillo junto a la recepción, dio un codazo a su novio diciéndole por lo bajo "ese, ese es el ruso que me ha entrado antes en los váteres..."
Él me miró con cara de pánfilo y ella al ver su nula reacción le dio una especie de colleja mientras cruzaban el umbral hacia la calle...
"Glasgow, la ciudad del amor", pensé.
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Pero la cosa no acabó ahí, esa misma noche me disponía yo a salir a dar una vuelta y mientras esperaba en la salita a que mi amigo Adriano terminara de arreglarse se me acercó un chico de Jerez... se fijó en mi camiseta (la de mi equipo de fútbol local) y tras identificarme como español nos pusimos a hablar de fútbol, Glasgow, Escocia y las escocesas.

Dicha conversación, por supuesto, la mantuvimos en castellano... pero la misma se vio súbitamente interrumpida cuando cierta chica menuda (con cara de mala hostia y una margarita de metal en el pelo) pasó entre medias de nosotros, dándome un descarado empujoncito y (tras mirarme fijamente con los ojos inyectados en sangre) diciendo con retranca: "peeerrrdoooón".
Se pilla antes al cojo que al bielorruso.