miércoles, 22 de abril de 2015

VIGILANCIA VECINAL

La última vez que había visitado a Sara prácticamente entramos en su casa y tiramos la llave por la ventana... no salimos a la calle para nada durante treinta y seis horas.
Jamás había pasado antes tanto tiempo en la cama sin estar enfermo: la balada de John & Yoko, revisitada.

La segunda vez que fui había ganas de encerrarse de nuevo pero decidimos no apresurarnos, antes iríamos a una ciudad castellana a comer y hacer un poco de turismo como gente civilizada... la cosa resultó bien a medias, la comida no estuvo mal, los monumentos eran interesantes, pero las ganas de regresar al catre eran superiores a todo eso: finalmente pusimos rumbo a su pueblo antes de tiempo y durante el trayecto no parábamos de hacer bromas cochinas o adelantar guarradas presos del ansia.

En el patio interior de su parcela, ya llegando al portal, íbamos avanzando con risa floja algunas de esas "prácticas" cuando de repente una voz procedente de una de las ventanas del primer piso nos dio el alto.
"¡Sara y compañía! -exclamó una chica, sujetando un vaso de cristal con aspecto de gin-tonic- ¡Qué bien que llegáis ahora! Estamos aquí todos reunidos tomando algo, subid venga!"

No pude ver con claridad a la chillona, pero tuve una sensación rara. Sara me miró con gesto resignado entrado en el portal: "No puedo hacerles el feo, me llevo muy bien con ellos y me hacen mucha compañía los findes que no salgo... tomamos una rápida y luego subimos, ¿vale?"
"¡No problem!", contesté con absoluta sinceridad.


Cuando nos abrieron la puerta del primer piso y vi a la chica de la ventana mi extraño presagio cobró vida: era Mariluz, una vieja compañera de mi instituto. ¿Pero qué coño hacía allí a tantos kilómetros de nuestra ciudad?
Nada más verme puso cara rara, sí... me conocía, pero no sabía de qué, de momento no parecía ubicarme. Nos saludamos como si nada, entramos y nos dieron sendos botellines de Mahou... en la salita conté siete personas de tertulia, todos ellos fumando y riendo compulsivamente.

Mariluz. Recuerdo una mítica excursión a Salamanca en primero de BUP en la que discretamente intenté arrimarme y me mandó a paseo... también recuerdo que era amiga de unas petardas con las que jamás me llevé bien, ni en la época del instituto ni después coincidiendo en garitos y fiestas universitarias...

A los diez minutos fui "desenmascarado", Mariluz interrumpió la charla para señalarme con la punta de su cigarrillo y decir en voz alta: "¿Nos conocemos verdad? ¿Ibamos al mismo Insti no? Qué fuerte... ¿Eres "ese" Rific?"

"Eso es, "ese" Rific -dije, encenciendo uno de mis pitillos- fuimos a la misma clase uno de aquellos años, si mal no recuerdo tenías en la carpeta fotos de personajes de "Sensación de Vivir"

No nos engañemos, desde el principio tuve la sensación de que nos habían invitado a subir porque querían cotillear al nuevo ligue de su amiga, pero de repente aquella revelación de mi pasado común con una de ellos les había encandilado lo suficiente como para no dejarme en un preferible segundo plano...
No fue una cerveza rápida, Mariluz se tiró una eternidad recordando estúpidas anécdotas del instituto, de hecho se nos acabó haciendo de noche.

Sara no tuvo el coraje de poner fin a la velada: en ningún momento planteó ninguna excusa para irnos, se limitó a sujetar cada botellín sonriendo a los vecinos y encogiéndose de hombros cuando se giraba hacia mi lado.

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Ya nos iban a incluir en el pedido de pizzas de la cena cuando Sara pareció caer en la cuenta de que yo regresaba a mi ciudad a primera hora de la mañana, no sin dificultad pusimos fin a aquella retención ilegal. 
Con casi tres horas de retraso entramos en el piso "adecuado", nos desnudamos y el ansia recuperó protagonismo... aunque mentiría si dijera que lo hizo de igual manera a como arrancó la velada.

Sí, sin duda algo se torció aquella tarde. Yo no dije nada inconveniente en aquella fiesta, de hecho Sara y yo fuimos meros convidados de piedra, pero nos cortó el rollo de un modo extraño... aquellas miradas, aquel elemento social, presentarnos ante ellos como si fueramos una pareja... Sara descubriendo que su vecina probablemente supiera más historias del chico que se estaba follando, que ella misma...


Estábamos descolocados y (al menos en mi caso) fuera de ambiente.

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Ni siquiera hablamos sobre ello, una extraña humareda nos intoxicó en aquella casa y a partir de aquel sábado nuestro contacto misteriosamente se enfrió. 

Dos semanas después Sara quiso venir a mi ciudad pero yo ya había quedado aquí para una fiesta con unos amigos a los que veía muy de vez en cuando así que la convencí para que no se presentase.
Esa misma noche yo estaba algo pedo con mis amigos en un bar rockero de mi ciudad, de repente me tocaron la espalda: era Mariluz, me había visto y quería saludar...

No recuerdo lo que me dijo o si vio algo improcedente aquella noche, el caso es que debió de ir con algún cuento a Sara porque al día siguiente tuvimos nuestra primera y última bronca.

Luego la gente se extraña de que no me trate con mis vecinos, de que apenas me limite a saludarlos...


jueves, 16 de abril de 2015

"EL REINO DE LAS TETAS"

Hace poco dediqué aquí unas líneas a "Blade Runner", casualmente la historia de hoy trancurre con otra película de Ridley Scott de fondo... una de las más flojas de su irregular filmografía.

Cuando "EL REINO DE LOS CIELOS" se estrenó en la primavera de 2005 yo acababa de liarme con Carla. La cosa no duró demasiado pero recuerdo cierta tarde de domingo que se quedó sola en casa y me invitó a visitarla para ver una peli.

Su hermano solía descargar muchos estrenos y de entre los que tenía bajados pusimos esa.
Parecía una buena elección, si mal no recuerdo era el regreso de Scott al cine épico tras "Gladiator" y la temática medieval de las cruzadas resultaba sugerente.

Recuerdo el contorno del trasero de Carla y su chándal rosa, agachándose para conectar el cable del ordenador con la tele del salón... y también recuerdo que cuando empezó la reproducción del archivo se trataba de un pantallazo atroz capturado en una estridente sala de cine. Por si esto fuera poco, la peli arrancó estando ya empezada en medio de un diálogo de lo más absurdo sin las debidas pistas previas.


Ese arranque tan "accidentado" hizo que no entrásemos en la trama e inevitablemente nos dispersásemos antes de lo previsto. 
Sí, mi intención al sentarme en ese sofá era meter mano a Carla... pero no, no a los diez minutos de empezar una peli que (a priori) no tenía tan mala pinta.

También recuerdo la grata sorpresa que me llevé al bajar la cremallera de su chaqueta de chándal y no encontrar ni camiseta ni sujetador... nada. 
Durante la primera batalla de la película le comí las tetas con bastante ansia; por desgracia no me dejó progresar en la faena, me dijo que "estaba en uno de esos días" (eufemismo espantoso donde los haya) aunque me temo que lo usó como excusa para no pasar de ahí... en los cuatro siguientes meses que (esporádicamente) seguimos viéndonos esgrimió esa excusa con demasiada frecuencia y (salvo que tuviese el ciclo mentrual más alocado o errático de la historia) las cuentas no salían.

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Unos pocos meses después, en verano, fui a la playa y una noche quedé en el apartamento de un amigo desde cuya terraza se veía toda la pantalla del cine de verano. Estábamos bebiendo unas cervezas antes de ir a la zona de fiesta cuando de repente la proyección echó a rodar... para mi sorpresa la peli que pusieron fue "El Reino de los Cielos".
Ya nos íbamos a pirar cuando rogué a mis colegas que esperasen un ratito, que tenía curiosidad por ver cómo empezaba.

Fue así como completé el puzzle, vi los primeros diez minutos hasta llegar a la primera escena que recordaba. Por fin pude entender qué hacía aquel fulano con esa espada y por qué estaba tan magullado...

Hace pocos días la han echado en la tele, consideré la posibilidad de volver a verla pero al final preferí quedarme tan solo con el recuerdo de las tetas, esa cremallera bajando como la cortina de los viejos cines descubriendo la pantalla... y toda su magia.


jueves, 9 de abril de 2015

"Alguien que me quiera"

Hace varios años, en una semana santa como la que acaba de terminar, conocí a una chica haciendo la compra en el supermercado.
Quedamos al día siguiente para dar juntos un paseo por la playa y la cosa se acabó calentando: baño tórrido en aguas (aquel día bastante) heladas y de remate una suculenta ración de sexo en mi apartamento.


Estando en la cama me contó más o menos su vida: su ex-marido transportista viajando demasiado a Marruecos y aficionándose a algunas de las tradicionales tentaciones de la zona; un par de críos cercanos a la adolescencia cada vez más problemáticos; una precaria situación laboral... el desahogo no fue solo físico o erótico, necesitaba alguien que la escuchase.

Dos días después regresó a mi apartamento para "despedirnos" antes de mi vuelta a casa. En este segundo asalto todo fue más lúdico y despreocupado, nos preparamos un par de cubatas y follamos de una manera más salvaje y premeditada dejando los problemas fuera del dormitorio.

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La siguiente semana santa regresé al apartamento, unos días antes nos habíamos puesto de nuevo en contacto y acordamos volver a vernos.

El día fijado cruzó mi puerta sonriendo, pero era una mueca nerviosa, a pesar de la "confianza" tardó varios minutos en relajarse. Saqué un par de cervezas y nos pusimos un poco al día de lo acontecido en los últimos doce meses.
Confesó haber estado saliendo bastante con un chico, que sí, que se lo pasaba más o menos bien y era agradable... pero que no terminaba de convencerle el asunto.

Empezamos a liarnos en el sofá y de ahí fuimos a la cama. Todo fue tan bien como recordaba, casi había olvidado su particular gracia cuando decía cochinadas al oido con ese acusado acento del sur...

Mientras nos vestíamos retomó el tema del chico con el que había salido, añadió que lo habían dejado definitivamente unas semanas atrás, que le había dado pena cómo se dieron las cosas pero que sin duda era lo mejor.
Bajando las escaleras y camino de su coche lamentó su mala suerte en el amor, la sucesión de hombres equivocados que la habían engañado y chuleado a lo largo de su vida.
Antes de abrir la puerta del vehículo me miró con ojos casi llorosos y me dijo: "Rific, yo ya no estoy para rollos... solo quiero encontrar a alguien que me quiera, que me quiera de verdad".

Me abrazó con fuerza, un abrazo largo. Nos dimos un beso y se fue.

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Yo podré ser muchas cosas, de hecho reconozco haber pecado no pocas veces de insensible... pero la situación de aquella chica y su alegato final lograron afectarme.

Apenas desapareció su coche al final de la calle decidí que jamás volvería a quedar con ella. Me resultó demasiado evidente el "fracaso" (y consiguiente desasosiego) que le supuso venir a verme, no niego que le pareciera una buena idea sobre el papel pero todo aquello que sucedió en el apartamento quedaba a mil años luz de sus ideas, anhelos y convicciones.
Tomé esa decisión porque ella, desde nuestra primera charla en el supermercado, me demostró ser una buenísima persona. En cierta manera, se lo debía.


Para el siguiente año deseé que se centrase en conseguir su objetivo amoroso y prometí no interferir con mis cantos de sirena.
Doce meses después me escribió y deslizó la idea de volver a vernos, pero cumplí mi promesa. Ya hace bastante que no sé nada de ella, me gustaría pensar que habrá encontrado a ese alguien que la quiera.

Yo por mi parte, me limito a sonreir cada vez que regreso a aquel supermercado y pillo un cartón de leche semidesnatada en el pasillo exacto donde la abordé... y es que las ofertas están para aprovecharlas.


domingo, 29 de marzo de 2015

"BLADE RUNNER"

La primera vez que vi BLADE RUNNER fue en video, yo tenía trece años y la saqué prestada de la biblioteca municipal. No sé por qué pero me esperaba otra cosa, no me disgustó pero acostumbrado a otras pelis de ciencia-ficción más luminosas, dinámicas o épicas me sentí un poco decepcionado

Volví a verla con dieciocho años y no sé, sería la edad o el momento en que me pilló... el caso es que me impactó de un modo definitivo.
Desde entonces he vuelto a ella en numerosas ocasiones, casi con periodicidad anual.

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Una vez anduve liado con una chica que era fan fatal de Harrison Ford y que además (supuestamente, eso dijo) le molaban las pelis de ciencia ficción.
Una vez que se quedó sola en casa me dijo que llevara algún video para verlo juntos y como me dijo que nunca había visto "Blade Runner"... elegí esa.


A la media hora sus caretos de fastidio eran evidentes. Sí, su actor favorito era el prota pero en ningún momento entró en la peli... a los cuarenta y cinco minutos la apagó al grito de "¡menudo coñazo!".

Cuando más tarde empezó a reprocharme haber elegido "semejante bodrio" y me espetó un "no entiendo como puede gustarte esto, si es una enorme mierda, vaya rarito que eres, uff"... no vacilé un segundo a la hora de defender mi criterio, incluso con más ardor del normal en todos aquellos detalles que ella tan gratuita y venenosamente puso a parir.

No volvimos a ver ninguna peli juntos. Unas pocas semanas después dejó de criticar mis gustos y aficiones, imagino que pasaría a hacerlo con el siguiente chico con el que se enrolló... o quizás el nuevo fichaje resultó ser un fan de "El Diario de Noa" y todo con él fue sobre ruedas.

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La siguiente vez que vi la película, después del destructivo sermón de aquella pedorra, me gustó todavía más.

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Cuando estudié en la universidad, durante tres años consecutivos tuvo lugar un curioso fenómeno. Cada vez que empezaba el mes de exámenes (tanto en enero como en junio), la víspera del primero emitían "Blade Runner" en televisión.
¿Casualidad? ¿Providencia? Intervención divina quizás: jamás suspendí ninguno de aquellos envites precedidos por la peli de Ridley Scott.

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Hace dos navidades tuve una cita en un bar. Quedé en la puerta de una cervecería, mi autobús llegó antes de lo previsto así que me tocó esperar.

En esa época del año en algunos barrios suelen reproducir villancicos a través de una extraña megafonía, reconozco que aparte de dar un toque curioso a la temporada me teletransportan a mi más tierna infancia... pero curiosamente en la esquina donde me tocó esperar en vez de sonar "hacia Belén va una burra" o "campana sobre campana" tenían puesta a todo volumen la banda sonora de "Blade Runner".


Entre que yo llegué diez minutos pronto y que ella tardó otro tanto, casi me dio tiempo a escucharla entera. Confieso que viví un instante de pura poesía callejera durante el "love theme"... y otro no menos intenso cuando de repente se puso a llover a cántaros y directamente fui poseido por el espíritu del agente Deckard.

La cita resultó acorde con la puesta en escena. Era la primera vez que veía en persona a aquella chica y tras unas pocas preguntas rutinarias descubrí que se trataba de otra replicante más para la colección.
"Lástima que ella no pueda vivir... ¿pero quién vive?"

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El año pasado vi "Blade Runner" en jueves santo en el lugar de la costa mediterránea donde suelo escapar por esas fechas. Casualidad o no, fue el preludio de una jornada de lo más blogafantista.

Este año regresaré el mismo día al lugar del crímen pero ya iré con los deberes hechos: la semana pasada la reestrenaron en cine y por fin he tenido la oportunidad de disfrutarla en pantalla grande.

El pasado miércoles a las 10:30 de la noche éramos (para mi sorpresa) más de treinta personas en la sala... yo me senté detrás del todo, lo más apartado posible de cualquier comentario o conversación del público, con los cinco sentidos centrados en disfrutar de la experiencia.

Todos estos recuerdos, anteriormente narrados, desfilaron por mi memoria durante la proyección... y sí, también se perderán en la blogosfera, como lágrimas en la lluvia.



sábado, 21 de marzo de 2015

"DOSCIENTAS PRIMERAS CITAS / Memoria recuperada"

Mi habitación experimentó una especie de crisis hace unos pocos días.
Por un lado mi ordenador sufrió el ataque de un virus y quedó para el arrastre... y en otro orden de cosas una de mis estanterías (la más poblada) casi se vino abajo incapaz de soportar más peso.

Lo primero se solucionó con un buen formateo. Lo segundo vaciando, desmontando y volviendo a montar recolocando y redistribuyendo el peso de un modo más racional.

Antes de formatear pude recuperar unos cuantos archivos de interés, especialmente fotos (personales y ajenas) y documentos útiles para mi trabajo. Según empecé la "evacuación" recordé que cuando mi anterior ordenador estaba a punto de fallecer grabé un CD recopilando un montón de datos... por desgracia dicho compacto acabaría extraviándose en otra posterior reforma de mi cuarto, reubicado sin apuntar dónde, como el arca de la alianza en aquel almacén de la peli.

A veces me he preguntado por su paradero pero sobre todo por su contenido, el cual (a grandes rasgos) apenas recuerdo.

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El caso es que decidí aprovechar que tenía que vaciar completamente la estantería para inspeccionar uno a uno todos mis cedés antes de volver a colocarlos, en busca del tesoro perdido. 

La operación me llevó una mañana entera y parte de la tarde... finalmente tras abrir el "Purple Rain" de Prince & The Revolution (comprado hace demasiados años en una tienda de discos que ya no existe) descubrí que sobre el disco original había un TDK con la siguiente frase escrita en rotulador negro: "Miscelánea 2002-2009".
¡Bingo!

Setecientos megas de fotografías y minivídeos de mis años más oscuros. Casi siempre haciendo el tonto, con una bebida en la mano o un cigarrillo entre los dedos... festivales de rock, excursiones, múltiples conciertos, demasiadas fiestas...


El mismo grupo musical visto varias veces acompañado en cada ocasión de una chica diferente.
Viajes con amigos que se han quedado por el camino.
Reportajes de eventos en casas rurales que parecen el catálogo publicitario de un pasaje del terror.
Un poco más de pelo en mi cabeza.
Camisetas míticas.
Viajes, cenas y celebraciones con una exnovia que vistas ahora no pueden descolocarme más.
Cerveza, cerveza, cerveza...

Pero no todo lo que veo me provoca vergüenza ajena. Tengo guardadas unas carpetas con fotos de chicas que se cruzaron en mi camino la pasada década, ninguna de ellas sigue en mi vida a día de hoy.

Me sorprende especialmente ver las de Sonia y Mayte, pensaba que me acordaba bastante bien de ellas pero tras abrir los archivos me enfrento con un par de rostros que ya había empezado a olvidar.
Cierro los ojos, intento concentrarme... recuerdo mejor sus cuerpos desnudos y las cosas que hicimos que sus ojos, nariz o labios.

A algunas otras chicas ni siquiera llegué a conocerlas en persona, pero de repente sus fotos aparecen en alguna carpeta perdida, hallazgos casi arqueológicos... ¿qué habrá sido de ellas? Miedo me da tan solo pensarlo.

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No soy para nada nostálgico y este repaso multimedia a la pasada década lejos de animarme me deja cierto regusto amargo. Es bueno tener el CD localizado pero no creo que eche mano de él a menudo... eso sí, ver ciertas fotos me ha recordado algunas historias que (si todo va bien) servirán para abastecer este blog que hoy publica su entrada número 200.

Doscientas. Quién lo iba a imaginar aquel convulso verano de 2010 cuando toda esta locura se puso en marcha...


jueves, 12 de marzo de 2015

"A ver cuándo me invitas/llevas..."‏

Hacía mucho tiempo que no me sucedía, ya traté el tema en una célebre entrada aquí publicada hace tres años... el caso es que de vez en cuando vuelve a pasar.

1) Voy en el autobús y recibo un mensaje de Alicia preguntándome qué tal, qué hago, etc... le cuento que estoy camino de un concierto en el Auditorio, que tengo el abono y voy dos o tres veces cada mes, según toque... tras averiguar que voy solo inmediatamente me contesta: "pues a ver cuando me invitas".

2) Otro día voy caminando hacia una popular sala de conciertos madrileña, recibo un mensaje de Ana María interesándose por mi paradero y lo que tengo entre manos, le cuento que estoy a punto de entrar a ver a Black Rebel Motorcycle Club... tras averiguar que me he desplazado solo al concierto inmediatamente me contesta: "la próxima vez me invitas y voy contigo".

3) Agosto está a punto de acabar y recibo un mensaje de Lorena preguntando qué es de mi vida, charlamos un poco y cuando le digo que la semana siguiente me voy a pasar unos días a la playa, yo solo, inmediatamente suelta: "pues invítame, me llevas y así hago algo yo también que este verano no he salido de la ciudad".

Lorena tiene un novio que vive en otro país y al que presuntamente es fiel, ni de coña pienso pasar mis breves vacaciones en su compañía pero decido investigar hasta dónde sería capaz de llegar...
Planteo la cuestión de si supondría algún problema para ella (o su novio) el hecho de que nos fuéramos de viaje juntos y contesta que no tendría por qué enterarse nadie... a si habría inconveniente en que ambos nos desnudásemos en la misma playa contestó que ella ni de coña pensaba hacer tal cosa... a si estaba dispuesta a compartir cama contesta un impresentable "ah no sé... quizá, depende de lo bien que te portes".

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(A modo de aclaración añadiré que ninguna de ellas es amiga mía. Nos conocemos, nos hemos visto alguna vez muy esporádicamente, intercambiamos algún mensaje que otro, hubo tomate en el pasado pero ahora no... nada más)

A los dos primeros casos en su momento no les dí ninguna importancia, pero a raíz de este último (tan descarado) comencé a desconfiar metiendo a todas ellas bajo la misma cuarentena. ¿Estaba siendo víctima de un ataque masivo de caradura o eran imaginaciones mías?


Alicia y Ana María son de esas chicas que cuando quedas con ellas rara vez echan mano de la cartera, además son mandonas a la hora de proponer sitios o vetarlos.
Yo no me considero mezquino en esa cuestión y si estoy a gusto no me importa pagar algunas rondas, pero cuando veo que a la tercera o cuarta consumición no hay la más mínima intención de corresponder por parte de la otra persona, comienzo a sentirme mal (subestimado, degradado) y pierdo el interés.

La última vez que salí con Ana María, de hecho, me fui repentinamente a casa por ese motivo: me llamó ella para tomar una caña y cuatro bares después seguía silbando y mirando al techo cuando nos servían.
Alicia es parecida, pero sale más barata: solo quiere ir a cafeterías y habitualmente pide café o infusiones.

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Hace poco he ido a un concierto de rock en mi ciudad y parece que lo huelen. Nada más entrar en el local Ana María me escribe y cuando le digo lo que estoy haciendo me responde: "A ver cuándo me llevas a alguna de esas cosas tan chulas que haces, que me aburro como una ostra..."

Al día siguiente tengo una extraña conversación con Alicia. Después de nuestro último café nos estuvimos besando en un portal cercano a su casa, intento quedar con ella en otras circunstancias menos formales pero su sugerencia me descoloca un poco.
"El próximo domingo por la tarde si quieres quedamos, te lo reservo. Miras la agenda cultural, algún cine, teatro o concierto... y me llevas, ¿vale?"

Viniendo de quien viene la frase no puedo evitar que mi suspicacia reviente, decido tantear el terreno, darle un último beneficio de la duda, ver por dónde me sale: "a estas alturas de mes ando poco boyante, me temo que no puedo invitarte a ninguna de esas cosas", escribo.
"Ahm -contesta- bueno... ya me llevas otro mes entonces, el domingo si eso me llevas a tomar café o merendar y listo"

¿Ha pasado lo que pienso que ha pasado? ¿Estoy demasiado suspicaz o me ha parecido que en cuanto he sugerido que no puedo invitar ya no está interesada en explorar la agenda cultural? ¿Me ha concedido la gracia de invitarla a un croissant a la plancha como premio de consolación?

Decido romper la baraja, jugar sucio: "una pena no disponer de la casa sola esa tarde, en vez de merendar podrías venirte a ver una peli..."
"Pues eso hay que ganárselo -contesta- y para eso vas a tener que sudar,  ¡la fama cuesta! jaja"


Creo que he dado en la diana, señores... han cantado bingo: "¿Tanto voy a tener que sudar? Ya te vale...", deslizo.
"¡Anda claro! El que algo quiere algo le cuesta", sentencia... el bingo es correcto.

"El que algo quiere algo le cuesta" Siempre he odiado esa frase (en lo que a relaciones respecta) con todas mis fuerzas, cada vez que la oigo pienso que no me merece la pena mover un solo músculo para acercarme a esa persona... no necesito que nadie me otorgue la merced de "sacrificarse" para darme gusto a cambio de algún precio real o simbólico.
Quiero merecer un beso o una caricia porque sí, porque el  momento y las ganas lo requieran, no por haber corrido con los gastos... quiero follar porque la otra chica quiera hacerlo conmigo, no porque yo antes haya superado todas las pruebas de una sórdida gincana.

Contesto de mi forma habitual cada vez que me ponen a prueba en ese sentido: "Vale, en ese caso esperaré a ver si tú quieres también para que cueste lo menos posible"
"¡Qué tio!", responde.
"Yo sé lo que quiero, si tú no quieres... chungo. No hay agenda cultural ni cena o merienda que pueda cambiar eso", insisto, mordiéndome la lengua.
"Ya ya, ya lo sé -me interrumpe- pero hay etapas hasta llegar donde quieres... y eso es lo que tienes que currarte"
"Aahh, vale -recupero la palabra- a ver si no lo hago demasiado mal para así convencerte... (icono sonriente)"

Alicia parece sentirse súbitamente incómoda con la deriva de la charla y se despide a trompicones.
Cinco minutos después, releyendo la charla me entra una nueva duda: ¿seguro que ambos estamos hablando del mismo "premio/objetivo"? 
No me extrañaría que ni siquiera ESO haya quedado claro... en fin, que me lleve a algún sitio un día de estos y se lo preguntaré.


jueves, 5 de marzo de 2015

"FUERA DE JUEGO"

La década pasada hubo un partido de fútbol bastante famoso que terminó con la abultadísima derrota del equipo local a manos de su mortal enemigo.
Yo no pude verlo porque me pilló en medio de una fiesta de la que no podía escabullirme, pero cuando al finalizar me enteré del resultado escribí un sms a una chica con la que me había liado unos meses antes, hincha radical del equipo entonces derrotado: "¿Estás bien?", pregunté.
Su contestación fue tan larga como rabiosa. Recuerdo que dijo estar "cabreada como una mona" y a continuación puso a parir al eterno rival quedándose a gusto destacando su presuntamente inferior origen geográfico y la menor cantidad de títulos en sus vitrinas...

Yo iba algo borracho y le seguí el juego, en uno de mis siguientes mensajes me ofrecí a compensarla por la humillante derrota, a resarcirle de algún modo por tanto daño psicológico...
"¿Cómo lo harías?, preguntó; preferí no ser bruto: "a base de besos similares a aquellos que nos dimos la última vez, tras el kiosko del parque junto a tu casa", contesté.
"¿Cuántos me darías?, insistió... y ahí el cachondeo me pudo: "tantos como goles ha encajado hoy tu equipo :D", respondí.

Pensé que me mandaría a tomar por culo y me mentaría a la madre, pero no, para mi sorpresa simplemente dijo: "OK".

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Tardé siete meses en verla, pleno invierno. 
La noche que quedamos su actitud fue tan gélida como la temperatura ambiente, se mostró muy altiva y distante, cada vez que bajaba la guardia ante alguno de mis comentarios o coñas se revolvía al segundo para que no pareciera que le hicieran gracia en absoluto... estaba 100% concentrada en pararme los pies o quizás en hacerme suplicar.
Su fracaso fue relativo.


En el tercer bar salió el tema del fútbol y recordamos aquel mítico/infame partido de su equipo, su gesto se torció inmediatamente: "sigues dolida a pesar del tiempo transcurrido eh", comenté...
"¡Claro que sí! -exclamó- y este año parece que la cosa no mejora..."
"Tranquila mujer, te recuerdo que en su día me ofrecí para aliviarte de los disgustos futboleros, la oferta sigue en pie...", deslicé. 
Para mi sorpresa se apresuró a recoger el guante: "Ya me acuerdo ya, dijiste que me darías tantos besos como goles encajó mi equipo aquel día...", su sonrisa pasó a ser nerviosa, me miró fijamente y apretó los labios a la defensiva... hice amago de acercar la cara y se echó para atrás... "Tranquila -susurré a su oído- no se trata de ESE tipo de besos"

Se relajó y empecé a besarla en la cara, uno, dos...cambié de lado, tres...
Para cuando llegué al último de la goleada fue ella quien buscó mi boca. Siete meses después la defensa de su equipo volvió a tirar desastrosamente el fuera de juego.

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Fuimos a otro bar y seguimos con el besuqueo un buen rato... finalmente salimos y la llevé al pasadizo de un mercado cercano a su casa. El frío era intenso, matador... pero no impidió que nos abriéramos los abrigos para explorarnos mejor.
Metí la mano bajo su camiseta hasta alcanzar los pezones por debajo del sujetador, me bajé la bragueta y acerqué su mano a mi entrepierna... fue entonces cuando el tren descarriló.

Me la agarró como quien sujeta el pomo de una puerta a medio abrir, dudando entre salir o quedarse en la habitación... no hacía nada, solo agarrarla.
La estampa era surrealista: tenia una teta fuera, inanimada como una estatua de cera, en una mano sujetaba el bolso por las asas y con la otra me agarraba la polla...
"Ten cuidado no me vayas a manchar...", dijo.

Casi me caigo al suelo de la risa, tuve que morderme la lengua para no decirle que sí, que si ella seguía aplicando semejante técnica tántrica de masturbación estática probablemente me correría en breves instantes, que mejor pusiera unos papeles de periódico o algo sobre sus zapatitos italianos para protegerse de lo inevitable.
Al verme resoplar conteniendo la carcajada se pensó que iba muy borracho y retiró su seductora garra de mi frágil colibri. Fin de la cita.

Aunque parezca mentira, ocho meses después volvimos a quedar y nuevamente mi mano acabo bajo su camiseta durante nuestra despedida. Se me pasó por la cabeza volver a bajarme la bragueta y ver qué pasaba pero total... ¿para qué?