No soy un tipo rencoroso pero durante muchos años se la he
tenido jurada a cierta chica de mi instituto. No recuerdo su nombre (tan
solo su apodo), tampoco intercambié jamás palabra alguna con ella...
pero tengo mis motivos.
Sucedió la última noche de un viaje
estudiantil, en un destartalado hotel de la costa mediterránea. Todos los alumnos del curso
estábamos de fiesta quemando las naves, absolutamente enloquecidos...
noches como aquella merecerían un análisis detallado pero hoy
simplemente comentaré que al final de la velada conseguí convencer a una
chica de la clase de al lado para que se viniera conmigo al hotel.
Mis
amigos y yo habíamos hecho un pacto previo al comienzo de la juerga,
dejaríamos uno de los cuartos libres por si alguien acabase
"necesitándolo"... recuerdo que me uní a tan atolondrada conjura
levantando la botella de
Martini blanco que por aquel entonces
despachaba (directamente a morro), tan eufórico como absolutamente
carente de fe en mis posibilidades.
Sin embargo unas pocas horas después, volviendo al hotel de madrugada con Rosa agarrándome del brazo agradecí
haber sido tan previsor, por una vez la bravuconería adolescente no
caería en saco roto... y contra todo pronóstico (no faltó la tradicional
porra al respecto) sería yo quien "mojase" aquella noche.
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Yo
aún estaba muy verde en aquellas cuestiones y mi optimismo, visto
ahora, resulta ciertamente enternecedor... ¿Pero por qué demonios debería yo
pensar que saldría mal aquella jugada? Aún ignoraba que la adolescencia
consiste en eso, en caminar sonriente por la acera y estamparte de
repente contra inoportunos postes o farolas.
A mi farola
de aquel día la llamaban "PANRICO" sus compañeros de clase, era una
chica repetidora que recibía semejante apodo (creo) por:
a) su afición a devorar bollitos a todas horas, tanto en el patio como en medio de la clase.
b) su cara redonda con forma de berlina.
El caso es que cuando llegamos al hotel, la
habitación que supuestamente debería esperarnos vacía no lo estaba: dos
chicas revoloteaban dentro, hablando con algunos de mis amigos y otros tantos extraños... las "pobres" estaban
sin techo porque su compañera de cuarto aquella noche, la maldita
Panrico, se había agarrado tal pedo que abandonó la discoteca antes de tiempo yendo al hotel,
encerrándose dando tumbos en el cuarto de enfrente y dejando la llave puesta por
dentro...
Por más que la habían llamado o golpeado la puerta, ella no respondía, profundamente dormida, etílicamente inconsciente.
Al
instante aparecieron más ovejas descarriadas, gente desubicada rebotada
por otras tantas puertas que se les habían cerrado en plenas narices,
accidentalmente o no.
De repente alguien tuvo la ocurrencia de que
todos ellos acampasen, en plan comuna, en aquella habitación tan
oportunamente desocupada... el picadero convertido en albergue.
Maldita sea mi suerte, en ese hotel había
gente follando, algunos obligaban a otros a buscarse la
vida para pasar la noche... y yo de repente había pasado de presunto
follador a incipiente
Madre Teresa acogiendo a los "
sin sexo".
Como
no podía ser de otra manera, procedí a golpear con todas mis fuerzas la
puerta de la Panrico, pensando que si lograba despertarla todo volvería
a su cauce original: aquellas petardas dormirían en su cuarto, la
manifestación se dispersaría, se llevarían la fiesta de pijamas a otra
parte y Rosa y yo nos daríamos la madre de todos los revolcones juveniles.
Pero
ya era demasiado tarde, gente y más gente entraba (y se instalaba) en
mi supuesta zona franca... y ni los GEO habrían sido capaces de despertar a
la borrachuza saboteadora.
Rosa vio a una amiga dentro
del "cuarto de invitados" y fue tras ella. Encendí el último cigarrillo
que llevaba encima y observé el interior desde el umbral, aquello
parecía un vagón de deportados camino de un campo de prisioneros: chicos
y chicas hacinados por el suelo, una docena cruzándose llenando las
tres camas, los armarios abiertos y también ocupados...
Me
acerqué a Rosa y le propuse irnos a buscar otro sitio donde poder estar
a solas, ella se encogió de hombros, miró a su amiga y se recostó junto
a ella en una de las camas... a continuación estiró el brazo
ofreciéndome la mano y tiró de mi para sentarme a su lado.
"Anda, pasemos aquí el par de horas que quedan de noche, total nos tenemos que poner en marcha en nada...", me susurró al oido.
A continuación me agarró del brazo y apoyó su cabeza sobre mi hombro.
Miré a mi alrededor, estaba siendo desagradablemente observado, jamás me había sentido más ridículo en toda mi vida.
"Lo
siento Rosa, pero esto no es lo que yo tenía en mente, para estar así
me voy a mi cuarto", dije antes de incorporarme y salir de la habitación
evitando (no siempre con éxito) pisar alguna extremidad de los inquilinos
desparramados.
Antes de cerrar la puerta tras de mí
observé la cara de Rosa, su mirada entristecida, imagino que
decepcionada... apagué mi cigarrillo contra la puerta de la Panrico y
entré en mi habitación donde mis dos compañeros llevaban roncando
plácidamente por lo menos un par de horas.
A pesar del
ruido que metí solo uno de ellos se percató de mi llegada. Me acosté y
aunque cerré los ojos con fuerza, no pude dormir.
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A
la hora del desayuno no se me había pasado el enfado, de hecho aumentó
cuando esperando mi turno en la cola de la cafetería se me cruzó la
célebre Panrico... caminaba trémula, con el gesto descompuesto, llevaba
las gafas de sol puestas y sujetaba un cigarrillo arrugado, a modo de
mantra repetía: "necesito un café, necesito un café... hasta que no me
tomo mi café por la mañana no soy persona" (siempre he odiado esa frase y
desconfío de quienes la pronuncian)
Si las
miradas matasen aquel habría sido su último minuto sobre la faz de la
tierra. Aquella cabrona derribó la primera pieza del cruel dominó que
arrasó con mis pobres esperanzas sexuales... a partir de ese instante la
Panrico se había ganado un enemigo mortal, irreconciliable.
Por suerte para ella como supervillano soy igual de dañino que Gargamel para los Pitufos o el Coyote para el Correcaminos. En todos estos años apenas
me habré cruzado con ella unas pocas veces y mi venganza se ha limitado
a fulminarla con la mirada y rugir un poco para mis adentros... nada
punible.
Pero
en estos últimos meses resulta que he coincidido con ella bastantes
veces en el mismo autobús urbano, yo camino del trabajo y ella de vuelta
a su barrio.
Observarla de frente (a pesar del tiempo transcurrido) nuevamente sacaba lo peor de mi. Conserva la cara redonda y su gesto despistado, no muy alejado de aquella infame facha de la famosa resaca...
Estas
últimas ocasiones no he podido evitar mascullar los clásicos insultos o
mirarla con la misma delicadeza que Hannibal Lecter dedica a sus
aperitivos andantes... pero hoy ha sido diferente, algo ha cambiado
dentro de mi.
De
repente, mientras la maldecía por enésima vez, me ha dado por revisitar
la famosa escena hotelera eliminando el "factor Panrico", centrándome en
Rosa y en mi.
¿Por qué
no quiso irse conmigo a buscar cualquier otro lugar donde poder
montárnoslo? Pensándolo fríamente casi podría jurar que cuando el plan
se vino abajo ella sintió cierto alivio... y ya cuando vio a su amiga
entre los recién llegados pasé descaradamente a un segundo plano. De
habernos encerrado a solas en el cuarto me huelo que ella no habría
querido pasar del besuqueo, vamos... con mi suerte de la época, ¡SEGURO!
Si
aquella noche no acabé con Rosa fue porque ella no quiso, no puso nada
de su parte para saltar aquel obstáculo, solo grande en apariencia cuando el deseo verdaderamente aprieta... y sobra decir que no fue ese su caso.
Por primera vez, tras casi veinte años, he mirado a la Panrico sin odio. Supongo que queda oficialmente perdonada.
Eso sí, se abre la veda para Rosa...
Supongo que durante el próximo lustro ella será la principal responsable
de aquel incidente, después vendrá el turno de condenar por ello a mis
insolidarios amigos... calculo que para el año 2023 caeré en la cuenta de que la
culpa fue única y exclusivamente mía.